-
La gente famosa sufre más que la anónima; es una
evidencia – dijo Natasha, secando sutilmente sus labios con la servilleta, y yo
asentí. Llevo toda la vida relacionado con gente ‘muy conocida’, y la presión
mediática hace que o abandonen muy pronto o se vuelvan locos (¿os suena Britney
Spears?). – Parece que no comprenden que las emociones se multiplican al
controlar, constantemente, tus emociones en público. No son ni fríos ni secos,
son auténticos controladores – terminó y sonrió.
La estricta educación inglesa de
Natasha se percibe en cada suculenta palabra de su vocabulario. No suena
demasiado culta, pero sabe exactamente cómo decir lo que quiere con una dulzura
embriagadora.
-
El que lo supera consigue mantenerse el tiempo
que quiera y decidir si se mantiene en un discreto segundo plano o llenando las
portadas de las revistas. Como comprenderás, siendo la nieta de quien soy, ya
sabrás por qué preferí convertirme en una fantasma.
-
En un fantasma muy elegante – dije y ella
sonrió.
-
Personas como tu madre, Peter, son las que hacen
que esto sea un ejemplo de que cualquiera puede conseguir lo que se propone en
la vida, de la forma que sea, sin ser la hija o ni la nieta de nadie… - terminó
en un suspiro.
-
Bueno, la forma de mi madre no ha sido muy
ortodoxa, la verdad.
-
¿Por qué no? – preguntó tranquilamente, con la
mirada fija en mi. – Las mujeres somos conscientes del poder sexual que
causamos en los hombres. Una cosa es follar y otra volver loco a un hombre –
dijo y yo no pude evitar reírme. – Tu madre ha sido la mujer de la alta
sociedad americana más deseada en treinta años consecutivos.
-
Eso es verdad…
-
Envidiada
por esposas, criticada por inseguras y admirada por jovencitas como yo.
-
¿Estás de broma? – dije sin querer hacer mucho
caso a la posibilidad que el destino me ofrecía saber que la nieta de Vuitton
era fan de mi madre.
-
Ser amiga de tu madre se puede comparar a la
sensación que tuve cuando conocí al amor de mi vida – dijo y rió.
Durante la operación de mi madre
Natasha no dejó de contarme historias de su familia, supongo que para hacerme
olvidar la angustia de pensar que no volvería a ver a mi madre radiante
mientras las chicas de Dior le hacían la mujer más feliz de la tierra. Se lo
agradecí.
La operación duró unas escasas, e
interminables, tres horas. El cirujano habló con nosotros después de la
intervención y , tras darnos la buena noticia de que todo había salido mejor de
lo esperado y que el tumor era más pequeño de lo que creían, tuvo que recogerme
del suelo para reanimarme después de desmayarme a sus pies. Evidentemente, además
preocuparse de mi madre, Natasha tuvo que hacer lo propio conmigo. Me sentí
acogido por ella, y su mundo me ayudó a desviar la atención.
Días previos a ser hospitalizada,
mi madre (como no) había programado la fiesta más ‘Chic’ del verano en Miami y,
claro, nos fuimos de compras.
Mathew y yo, escoltados por mi
madre y Natasha, nos fuimos a Gucci. Michelle, viejo amigo de la familia (y un
invitado más a la fiesta de mi madre) nos arregló dos trajes de verano gris
perla, y nos regaló unas camisas de esmoquin ‘monísimas’ de la nueva colección.
Natasha nos llevó a su boutique y nos regaló zapatos y gemelos de la firma. Chanel
nos brindó un almuerzo ligero, mientras mi madre elegía vestido, y al caer la
tarde, Miss O’Hara Crawford, dueña de
medio Miami, nos abrió las puertas de su casa, y a Mathew y a mi, la
oportunidad de conocer a su sobrino Paul; modelo, gay y poseedor de un descomunal
miembro, de considerable prestigio. Y es que si algo tiene Miami es que todo,
incluido el sexo, es siempre oversized!
La aportación de Mathew a la
fiesta (aparte de su incuestionable hermosura) fue una banda de jazz de New Orleans, con seis componentes: un
bajo, un pianista, un batería, un guitarra, una cantante y un Dj que se
encargaba de ‘revisar’ los clásicos (SoCool!).
La lista de invitados pasó cuatro filtros antes de ser aceptada por mi madre y
los directores de los cinco mejores hoteles de la ciudad frotaron las manos cuando
la lista se hizo pública y se desveló el nombre de sus próximos exclusivos
clientes. Camila me llamó estresada.
-
Peter, ¡tengo que ir a esa fiesta! – dijo
gritando.
-
Holy shit! Camila. Me has dejado sordo.
-
Peter, no se habla de otra cosa. Stella
McCartney ha confirmado que irá.
-
Ya lo sabía – le dije con calma. – La he sentado
junto a Madonna; como se llevan tan bien….
-
¿Qué?
¿¡Irá Madonna!?
-
Camilla si no dejas de gritar, colgaré. Quisiera
oír la música el día de la fiesta…
-
Cogeré un avión esta noche, ¡un jet! Lo pagaré.
Pero déjame ir, Peter.
-
No puedo hacer nada en la lista de invitados.
Sólo estarán los que mi madre quiere que estén, los cercanos, supongo.
-
Si claro. Ahora me dirás que Madona es intima de
tu madre.
-
¡Uy! Te sorprenderías de lo amigas que son.
-
Tengo la impresión que cada vez te conozco
menos… - se sinceró Camila.
-
Como comprenderás estaré algo alejado del
trabajo en los próximos meses – dije y Camila se olvidó de la fiesta y volvió a
ser la amiga de siempre.
-
Te llamaré el día que la operan. Cuídate mucho.
Un abrazo – dijo, colgó y en ese momento sentí que el mundo se me venía abajo.
Por
suerte, estaba solo y pude desahogarme en la ducha bajo el agua caliente. Me
metí en la cama desnudo y debí dormirme enseguida porque los besos de Mathew me
devolvieron a la realidad cuando subió a dormir y entonces pude hablar, por
primera vez, de lo mal que me sentía con alguien. Y menos mal. La mañana siguiente,
Natasha dispuso que desayunaríamos en la piscina, para dejarle la cocina libre
al servicio para la preparación de la fiesta. Mathew se marchó muy temprano a
trabajar unas horas y yo me vestí de Prada para ir a desayunar.
-
Mamá ¿se puede saber qué haces?
-
Lo que cualquier madre haría si tuviera todo el
dinero que tengo yo – dijo y sonrió con picardía.
-
Tengo mas dinero del que podría gastar, no
quiero más. ¿Por qué no se los das a la fundación de Ophra?
-
Y ¿por qué habría de hacer eso teniendo un hijo?
-
¿Por qué tu hijo no se morirá de hambre ni
aunque viviera tres vidas seguidas?
-
Tres vidas seguidas son muchas vidas – dijo ella
sonriendo, ante la atenta mirada de Natasha que no sabía si reír, llorar o
aplaudir la ‘Sit com’ que presenciaba.
– Ya hago mucha beneficencia, Peter; tengo corazón.
-
Si. En Dior lo celebran cada vez que te ven
entrar por la puerta.
-
¡Peter! – gritó mi madre avergonzada y Natasha
tuvo que parar de beber antes de escupirle el café a alguien a la cara. – No me
discutas. – continuó mi madre muy seria. – Pondré todas mis propiedades a tu
nombre y haremos efectivo el testamento.
-
Dime que heredaré todos tus Balenciaga, por
favor.
-
Peter, deja de frivolizar ¿quieres? – dijo mi
madre ofendida, en un tono de voz poco usual hacia mi.
-
No frivolizo, intento quitarle hierro al asunto
– dije, y llené de nuevo mi vaso con zumo de naranja. – Nada más.
-
Pues por un momento podrías tomarte la vida un
poco en serio y dejar de hacer broma de todo lo que digo.
-
¿Tomarme la vida en serio? – dije indignado.
-
Os veo luego, chicos – dijo Natasha y se
levantó. Ni la miré.
-
Esto es muy serio, Peter, como para que bromees
constantemente. Tengo cáncer y no sé si me voy a morir. Sólo pretendo dejarte
lo mejor que tengo y que no te sientas mal si no salgo de esto, y tú parece que
no sabes como me siento.
-
Y ¿Tú?
-
Yo ¿qué?
-
¿Sabes tú como me siento yo? ¿Has pensado,
siquiera, que la que puede morirse es Mi madre? – dije y ella se quedó callada.
– Me hablas de frivolizar, Mamá, cuando parece que lo único que te importa es
dejarme ‘mas’ dinero del que ya
tengo. ¿Te has preguntado si no es frívolo buscarme un novio para traerme a
Miami y decirme que tienes cáncer, como has hecho, en vez de llamarme por teléfono
y decírmelo, como haría cualquier madre normal?
-
Lo hice para que no sufrieras, Hijo – dijo ella
en voz baja.
-
Y ¿por qué no piensas que yo estoy haciendo lo
mismo ahora contigo, en vez llorar por las esquinas pensando que a lo mejor te
pierdo para siempre – terminé sin evitar las lágrimas. – No has contado conmigo
para algo tan importante como una enfermedad como esta, Mamá. Y, además, de tu
poco ético procedimiento, tengo que tragarme una fiesta, docenas de personas a
nuestro alrededor y que el pobre Mathew no reciba ni una caricia porque yo no tengo
la cabeza para eso en este momento – dije apesadumbrado, entre lágrimas.
-
Lo siento – dijo mi madre cogiendo mi mano.
-
Pues no lo sientas y disfruta de esta forma tan
maravillosa de evadir los problemas que es la frivolidad, porque créeme que, si
se diera el caso, prefiero que te mueras viéndome feliz y bromeando.
-
Y yo también prefiero verte sonreír, Peter – me
dijo ella con un brillo en los ojos que nunca antes había visto y me abrazó.
Pasamos el resto del día juntos,
organizando la distribución de los invitados en las mesas y firmando las
facturas, junto a Natasha. Almorzamos poco después las 12 (quizás temprano en
España pero es que el desayuno en América se sirve a las 7 30 de la mañana) y
luego dormimos unas horas, antes de comenzar a prepararnos para la fiesta.
Aquella noche, la madre más orgullosa del mundo fue la
anfitriona perfecta en la fiesta del año, según el Vanity Fair, y Mathew, al fin, y tras haberme sacado del cuerpo
toda la angustia, supo porqué Peter Ciccone es el ‘Soltero del culo de Oro’.
-
Estabais tan guapos – dijo Camila desde su
oficina. – Pero ¿por qué tu madre iba de Chanel?
-
Pues porque sabía que la mayoría vendría vestida
de Dior por complacerla a ella.
-
Yo de mayor quiero ser como tu madre… - suspiró
Camila para luego exclamar – So Divine!
-
Tampoco
te queda tanto, claro que no sé si te quedarían tan bien los vestidos como a
ella.
-
Eso déjamelo a mi – dijo y ambos reímos.
-
¿Qué tal está?
-
Bien. Durmiendo lo que no ha dormido nunca, pero
el médico dice que es normal.
-
Y ¿tú como lo llevas?
-
Tranquilo, ya sabes… Natasha es una segunda
madre excelente y está encantada conmigo, así que…
-
¿Sabes una cosa? – preguntó de pronto. – No sé
si te odio porque te admiro o te admiro porque te odio.
-
Vaya, es lo más profundo que has pensado en…
¿treinta y siete años?
-
Vete a la mierda, Peter.
-
No en serio – dije riendo. – Y además es un
pensamiento sobre mi; me siento alagado.
-
Eres un frívolo, Peter Ciccone.
-
Gracias – respondí yo con una gran sonrisa en mi
cara.
-
¿Vendrás a Londres el mes que viene?
-
Iré para comer contigo y con tu jefe…
-
Nuestro jefe – se adelantó a rectificar Camila.
-
Pero regresaré a Barcelona el mismo día o el día
siguiente para estar con mi madre.
-
Jamás pensé que podrías traerte a tu madre a
vivir contigo a Barcelona.
-
Ni yo. Pero ¿qué iba a hacer? No quería dejarla
en Miami, sola con Natasha.
-
¿Ya se ha acostumbrado a tu casa?
-
El que no se acostumbra soy yo; para ella es
como estar en un hotel y Natasha ha ido a ‘La Sagrada Familia’ diez veces en un
mes – dije riendo. – Creo que el ayuntamiento ya se plantea hacerla hija
predilecta de la ciudad.
-
Ya no tienes excusa para presentármela. Tengo un
vuelo la semana que viene para ir a ver a tu madre a Barcelona – dijo Camila
feliz.
-
Lo que no has hecho en dos años por mi lo haces
por conocer a Natasha.
-
¡Peter! – gritó. – Lo hago por tu madre.
-
Si claro… - dije yo haciendo burla.
-
Y, aunque no te lo creas, para darte un abrazo a
ti también – dijo y yo me sentí muy bien. – Además, te llevaré tu regalo de
Navidad adelantado.
-
¿Qué es?
-
El Vogue con la editorial de Ultrafabulous! con el
reportaje de tu madre.
-
Te Amo, Camila – dije y ella soltó una
carcajada.