La noticia del nuevo novio de mi madre me pilló por sorpresa.
Es cierto que con Sesenta años está estupenda pero estos cuatro años que ha pasado sola (quiero decir sin novio oficial) me despistaron y ahora vuelvo a tener la madre que siempre tuve.
- ¿No te has dado cuenta? – preguntó Camila.
- ¿De qué?
- Cuanto menos rollos tienes tú más tiene tu madre – dijo y reflexioné. – Estáis descompensados, al menos en eso; claro que ella te gana por goleada.
- Bueno, yo mantengo el ritmo – dije orgulloso. – Mi madre lleva unos años alejada de la primera división.
- Pero ha vuelto a lo grande, como Madonna. Todas las mujeres deseamos estar con alguien más joven. ¿Sabes quién es él?
- Aún no, pero espero que tenga más de cincuenta…
- Al final le cogerás cariño, o lástima, como has hecho con el resto – dijo convencida de saber quién soy.
- Eso era antes. Ahora tardan menos en darse cuenta de que mi vida es linealmente proporcional a la de mi madre y entonces dejo de parecerles el hijo perfecto; aunque lo sea…
- Seguro que es más joven que ella – dijo Camila excitada.
- Eso no es muy difícil. Yo lo que espero es que no se parezca al novio de Madona por que entonces tendremos un problema de autoridad.
- Avísame si es así – dijo ella riendo.
- Camila ¿estás bien? – pregunté preocupado. – Te encuentro especialmente agitada.
- Exceso de trabajo – respondió ella. – Eso es todo.
(Querido diario: ¿No sé si saber que mi madre tiene otro novio me alegra o me deprime? Cierto es que me tranquiliza saber que el sexo no se acaba a los cuarenta, ni a los cincuenta; aunque esto deberían preguntárselo al novio de Madonna y no a ella).
El sábado decidí no trabajar e irme de tiendas (hace meses que no me compro nada) . Reserve una mesa en el Tempura-ya para almorzar, antes de salir de casa, y me fui a Hermes. Allí mi amiga Carolina me mostró la nueva colección de complementos para hombre. Compré un cinturón con el símbolo de la casa en la hebilla. Crucé al otro lado de Passeig de Gracia y en Gucci, Antonie (uno de esos amantes con ganas de repetir) me vendió un bolso marrón oscuro (que será mi fetiche hasta que acabe la temporada), unos sneakers (y ya van doce) y también un par de corbatas de seda, una camisa (preciosa) y una bomber de cuero (SuperChic). Santa Eualia fue la siguiente parada. Allí Pere me habló de la crisis en el mercado, de sus ganas de volver a viajar y de los problemas que tiene su mujer para encontrar canguro. Me importó tan poco lo que me contaba que me sentí culpable, así que me llevé un abrigo tres cuartos de Marc Jacobs a conjunto con unas zapatillas acolchadas de charol, de lo más cómodo. Pasé por Dolce & Gabanna y saludé a Pietro. Hacía dos días que había regresado de cuba y tenía un moreno envidiable. Le invité a comer y llamé al restaurante para avisar del cambio de le reserva. Después en Kiehl’s me llevé mi gel de baño con sales de mar y aloe vera, el champú de amino ácidos, un tónico astringente y la crema de afeitar. Total: 3, 287 Euros (a veces siento envidia de mi mismo)
Pasé por casa a dejar las bolsas y a revisar el correo. Nada. Llamé a mi madre.
- Ay, Peter, ayer hice lo mismo – dijo mi madre tristemente. – Me sentía tan mal por la muerte de la mujer de mi ex marido Walter que me fui a Chanel.
- Te lo habrán regalado todo, como siempre.
- Sí, por eso después me fui a Dior. Y a Jimmy Choo.
- Mamá ¿cuántos Pascal tienes ya?
- No, no. Me compré unos Clue, dorados, de nueva temporada – dijo ella orgullosa.
- He quedado para comer con Pietro, de D&G. ¿Te acuerdas de él?
- Por su culpa tengo dos vestidos que nunca me he puesto, cómo olvidarle.
- Regálalos – dije yo imaginando el aspecto que tendría mi madre enfundada en esos vestidos con sesenta años.
- Yo he quedado con Carolina (Herrera) para recoger un vestido. Estamos todos tan afectados por la muerte de Margaret, Peter – dijo sollozando.
- Mamá te dejo. ¿Hablamos mañana?
- No. Mañana vuelo a Vancuver; la fiesta de los Anderson ¿recuerdas? – dijo y sonreí. – Mejor te llamo yo cuando llegué.
Cogí un taxi en la puerta de casa y para irme al restaurante. Al llegar me senté en la barra a esperar a Pietro, tomando un blodymary y leyendo VanityFair.
Nos sentamos a la mesa y comimos Ebi Tempura Uramaki, una ensalada de sardinas marinadas y, como siempre, un flan de sésamo negro.
- ¿Cuántas veces hemos venido aquí Peter? – preguntó Pietro.
- Al menos tres, con esta. ¿Por?
- Por que nunca me había fijado en la clientela.
- Yo no me fijo nunca.
- Pero si te das la vuelta, seguro que hoy te fijarás – dijo él sonriendo.
Me di la vuelta y allí estaba Gunnar Müller: el modelo alemán más guapo de la historia de la moda, sentado junto con su novio Phillip O’donnell: el modelo Tejano más guapo de la historia de la moda.
- Dan tanto asco – dijo Pietro. – Tan guapos, tan altos, tan bien vestidos.
- Tan sexys – dije yo rememorando un vuelo París-NY que hice con ellos.
Gunnar y Phillip nos acompañaron en la mesa para tomar juntos el café. Habían llegado hacía unas horas y fueron directamente al restaurante “Por que una vez nos trajiste tú, Peter” – dijo Gunnar. Phillip tenía trabajo en Barcelona para Hugo Boss (harían las fotos de su ‘nueva’ colección en la ‘nueva’ tienda de Passeig de Gracia) y decidieron pasar unos días más en la ciudad.
Tras la comida Pietro se fue en un taxi a casa a hacer la maleta por que volaría a Milán por la tarde (SoCool), y los dos SuperModelos y yo nos fuimos a tomar unas copas a la terraza de mi casa (SoHot).
- Espero que tu vecino no haya estado jugando con su cámara de vídeo – dijo Camila sarcástica y yo preferí no contestar, emocionado con la sola idea de repetir, aunque sólo fuera en imágenes, lo acontecido con ellos esa tarde en mi casa. – Se verían envueltos en un escándalo si ese vídeo saliera a la luz.
- Camila, ni siquiera sabes si ese vídeo existe ¿de qué hablas?
- Mi marido me ha pedido el divorcio, Peter – dijo y comenzó a llorar.
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