27 noviembre, 2009

SoChic! Diario de la Ciudad Condal 19


La presión de la  cabeza, dicen, se escapa a través del timo cuando duermes. Yo estuve dos días casi sin dormir, lo que implica que la presión de mi cabeza haya aumentado de forma considerable.
-       Mamá, no pretendo que cambies tu vida y dejes de liarte con todos los millonarios del mundo, pero reconoce que la posibilidad de convertirte en la próxima primera dama de Uruguay NO es un ‘detalle sin importancia’.  
-       Tampoco es para tanto. Tan sólo dijo en una cena que a lo mejor se presentaba a las elecciones.
-       ¿Y te parece poco? – grité.
-       La noticia la filtró una periodista, pero es sólo una idea que le ronda la cabeza a Marcelo.
-       Y la idea de liaros en el terraza de la suite ¿también le rondó por la cabeza a Marcelo? – pregunté.
-       Te recuerdo que a ti te han grabado haciendo lo mismo en tu casa, Sweety, y yo no puse el grito en el cielo – dijo y me tuve que callar. - ¿Desde cuando tienes tantos prejuicios? – preguntó.
-       Desde que mi madre sale en la portada de los periódicos desnuda liándose con un hombre – respondí enojado.
-       No te reconozco, Peter. Siempre has sido estandarte de las libertades y de repente hablas como Condoleezza Rice.
-       Aún me recupero del Shock…
-       Tantos años solo no te han venido bien, Honey – dijo como introducción a su tema favorito. –Busca un buen hombre, Peter. Lo que necesitas es alguien que te quiera y te haga feliz. Las personas necesitamos que nos regalen amor.
-       Yo lo que necesito es un poco de diversión – dije dejando la taza de café sobre la mesa de la terraza.
-       Y ¿por qué no te vas a Londres unos días antes de Navidad? Así verás a tus viejas amistades – dijo y yo me quedé callado pensando en ello. – Hazte un regalo y márchate unos días a pasarlo bien.
-       No es mala idea… -dije aún pensativo.

Pero ¿qué iba a hacer en Londres? Todo el mundo se va de la ciudad y los que se quedan trabajan. Prefiero que un grupo de mormones deseosos de integrarme en su comunidad llamen a mi puerta e intenten convencerme a base de sesiones interminables de sexo tántrico sobre mi alfombra (la única fantasía que aún no he conseguido cumplir). ¿Qué me estaba pasando? De repente ser consciente de que soy como soy por que me parezco a mi madre me estremeció.
Decidí alejarme de todo aquello y me fui al Gym. Mi entrenador, acostumbrado a verme cualquier día a cualquier hora, enseguida me marcó una tabla ‘te vas a cagar’ después de negarse (por vigésimo quinta vez) a venir a casa conmigo. Y durante la hora y media que estuve dejándome la vida en los aparatos y rodeado de testosterona ningún estímulo fue lo suficientemente potente para sacarme de mis pensamientos. Bajé a la zona del spa y me metí en el jacuzzi, a ver si me relajaba. Me acompañaron una señora de unos 120 años, que me sonreía cada vez que el agua le cubría la cara (y que  canturreaba una canción que debió ser un éxito en su tiempo por que la señora me deleitó con cuatro versiones distintas) y un hombre con la barriga de Jack Nicolson que mantenía el equilibrio para no meterme un pie en la boca (cosa que agradecí). No me relajé. Salí de allí y me metí en la sauna. Vacía. Menos mal- pensé. Las cosas empezaban a organizarse. Fue entonces cuando entró mi entrenador y me pilló en pleno apogeo de mi onanismo.
-       ¡Vaya, Peter! – dijo carraspeando. – No esperaba encontrarte aquí – dijo y se sentó frente a mi.
-       No, al menos en esta situación, quieres decir-  dije yo con toda tranquilidad, acostumbrado a que me pasen este tipo de cosas, mientras me recomponía.
-       ¿Te ha gustado la tabla que te he hecho? – preguntó.
-       Sí. Me ayudará a no olvidarme de ti en un par de días.
-       Ah, claro. Y por eso lo celebrabas- dijo y sonrió.
En este tipo de situaciones (donde el espacio es escaso y las posibilidades de terminar peor de lo que empiezas requieren un trato especial, para no desaprovechar una oportunidad sin que te rompan la cara) suelo mantener la calma y llevarme al contrario a mi terreno. Miquel es un chulopiscinas con cuerpazo acostumbrado a que comen de su mano. Guapo, simpático y además seductor, sabe exactamente lo que dice y por qué. Pero como de ‘casanova a casanova’ es donde mejor me muevo, decidí dejarme seducir y que fuera él quién llevara la conversación donde quería.
-       Y ¿qué tal?
-       Estaba tan emocionado de que ocurriera al fin, que no me dio tiempo ni a disfrutarlo-  dije yo en tono burlón y Camila estalló en carcajadas.
-       ¿Lo dejaste a la mitad? – preguntó riendo.
-       No creo que ni que pasara del primer tercio de producción – dije y ambos reímos.
-       Eres un cabrón.
-       Ahora tendrá más ganas y no tendrá más remedio que venir a casa – dije, mientras se me salía la saliva con la sola idea.
-       Así no funcionan las cosas.
-       Hará lo que sea por terminar lo que hoy no pudo. Se siente herido y vendrá a curarse en salud.
-       Le dará igual…
-       Nunca subestimes la autoestima de una musculoca, Sweety!

Y lo cierto era que al que le daba igual era a mi. Regresé a casa sin prisa. Compré un poco de fruta, en la esquina, la Vanguardia y subí a casa en el ascensor con mi vecina.

-       Hacía ya días que no le veía - me dijo.
-       He estado de clausura – le dije sin sacarme el diario de la cara.
-       No es bueno que los jóvenes estéis en casa. Tenéis que salir y que os de el aire – dijo, y la miré.
-       ¿Perdone?
-       ¡Que está usted muy blancuzco! – gritó y me asusté. – ¿Ya se ha enterao?
-       Señora, le agradezco el interés pero, afortunadamente, no vivimos juntos.
-       Usted está solo como yo, pero a mi edad es normal; mis amigos se han muerto la mayoría – dijo y sonrió.
-       Una lástima – dije serio.
-       Echo de menos las cosas que hacía con ellos; aunque la mitad de las cosas no podría hacerlas ahora – dijo mientras abría la puerta pasa salir, en su piso. – Pero a usted. A usted ¿quién le echará de menos, joven, si no sale de casa? – terminó y cerró la puerta.
Y allí me quedé. Sólo dentro de la cabina del ascensor, incapaz de mover un dedo para solucionar mi situación.

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