Mi BlackBerry comenzó a sonar
sobre la mesa de noche y abrí los ojos tratando de averiguar por qué había
puesto la alarma tan temprano. Pero no era la alarma.
-
Camila, Sweety, son las ocho y media de la
mañana.
-
Lo sé, pero no he podido esperar más – dijo
SuperEmocionada.
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Claro que puedes. Sólo tienes que llamarme a las
diez – dije y volví a acurrucarme en el edredón.
-
Es que… ¡Oh, Perter! Esta mañana han publicado
la lista del Vogue con los diez nombres del año.
-
Mi enhorabuena a los ganadores . Adiós.
-
Peter, tu nombre está entre ellos – dijo y sentí
que me atragantaba.
El Vogue británico cada año crea
una lista con las diez personas más influyentes del mundo de la moda. Y aunque
sea de carácter interno, los nombres de los ‘Elegidos’ rápidamente corren de
boca en boca por todo el universo Fashion.
En realidad no trasciende más allá de la industria pero sirven como referente
para los que quieren hacerse con un hueco en ella. A parte de esto la lista no
genera ningún beneficio, excepto el económico para aquellos que tiene la suerte
de formar parte de esos diez nombres; el caché
se dispara.
-
Hace tiempo que deberías formar parte de esa
lista cada año.
-
Mamá, tu amor de madre me conmueve pero hay unos
cuantos que también son buenos en esto que hago.
-
Bullshit!
Sin ir más lejos, Adriana Carolina (hija de Carolina herrera) hace unos días,
me dijo que no sabía qué hacías trabajando en esa agencia de Londres pudiendo
llevar la exclusividad de casas como Gucci o de Prada – dijo mi madre. Y era
cierto, lo que ocurre es que me gusta vivir con la libertad que me proporciona ‘trabajar
para todos’. Trabajar en una sola casa de moda acabaría con mi paciencia, con
el atenuante de que no me hablo con la mayoría de los directores artísticos de
las casas de moda (me repito un poco ¿verdad). – Y ¿qué te dan por el premio? –
preguntó mi madre en estado ‘Tío Gilito’.
-
Nada. Me iré a Londres, me sacarán unas fotos y me harán un
entrevista In situ para el número de
Febrero.
-
Pero ¡eso es maravilloso, Peter! – gritó mi
madre. – Mi hijo saldrá en el Vogue.
-
Pues sí. – dije tranquilo.
Salir
en las páginas del Vogue es otro de mis sueños inalcanzables que se cumplen, y
cada vez quedan menos. Espero al menos no morirme antes de que se cumplan
todos, en fin…
Llamé a mi mutua para hacerme uno
chequeo. Tenía que ponerme en marcha si quería tener buen aspecto para las
fotos, y antes de cambiar mi rutina de ejercicios quería saber si estaba todo
correcto. Al día siguiente me fui hasta la clínica donde me atendería mi
médico. No nos habíamos visto antes así que decidí ponerme unos calzoncillos
bonitos por si tenía que desnudarme. Me sorprendió el excesivo buen humor de la
recepcionista, de la enfermera y de las madres que esperaban con sus niños, era
como estar en un episodio de ‘Little house on the prairie’; un asco, vamos.
Sobra la mesa de la sala de espera estaban los últimos números de Hola, Pronto,
Lecturas, Qué me dices, Cuore… Una chica (guapísima) que tenía enfrente, me
miraba mientras yo removía las revistas de arriba abajo sin ánimo de leer
ninguna.
-
Son las mismas que hace un minuto - dijo y yo me reí.
-
Nunca sé qué hacer en estas salas y nunca leo
estas revistas así que…
-
Te diviertes colocándolas – terminó ella.
-
Exacto – dije yo.
-
Me llamo Alba – dijo y me tendió su mano.
-
Peter. Encantado.
-
Sé quién eres.
-
Ah, ¿sí? – dije sorprendido sin saber quién era
esa chica.
-
Si. Hace tres años, en Londres – dijo ella
sonriendo.
-
Por eso no me acordaba. Mi memoria se resetea
cada dos años, por cuestiones de trabajo.
-
Tú hacías el Slytlish para un foto book de la
agencia y yo era la modelo.
-
Pero … ¿Qué edad tenías entonces? – pregunté
asustado. – Ahora pareces muy joven.
-
Veintiuno. Tenía dieciocho recién cumplidos
cuando hice aquel trabajo; además era el primero.
Alba había llegado a Londres para
estudiar. Haciéndole caso a la madre de una amiga, se presentó en varias
agencias para ganarse un dinero extra y cayó en la de Camila. Aquel foto book,
del que hablaba, fue de mis últimos trabajos allí, por amistad con Camila.
Terminó su carrera y además no ha parado de trabajar.
-
Vengo a por los resultados de un chequeo, antes
de irme a NY – dijo ella ilusionada y me sentí feliz de compartir los hábitos
de las buenas modelos.
-
Así que en tres años ya has saltado el charco.
¡Vaya! Vienes pisando fuerte, Nena – dije y ella se rió. – Te deseo toda la
suerte del mundo.
-
Gracias – contestó ella y la enfermera me llamó.
-
Espero que disfrutes de la mejor ciudad del
mundo – dije y ella sonrió de oreja a oreja. – Y no dejes de ser profesional,
solo las que no se quejan triunfan; y toma – le dije dándole mi tarjeta. – Viví
allí muchos años. Aún mantengo casa y muy buenas amistades. Si tienes algún
problema no tienes más que escribirme a mi email – terminé. Ella me agradeció
el detalle, nos dimos dos besos y me fui al despacho del médico.
Al
entrar me dije que aquel señor no podía ser mi médico, cuando le vi enfundado
en aquellos Diesel desgastados, zapatillas de Prada y bajo la bata blanca
(abierta) una generosa camiseta gris en la que sus pezones desafiaban la ley de
la gravedad. Tras actualizar la ficha de paciente, me hizo preguntas básicas
sobre mis hábitos alimenticios, deporte, drogas, alcohol… No mentí en nada y él
parecía pasárselo muy bien porque no paró de reír en ningún momento. Cuando
terminamos la tanda de preguntas me invitó a quedarme en ropa interior (chico
precavido) y a sentarme en la camilla. Me oscultó, me miró los reflejos y antes
de vestirme me invitó a cenar.
-
No me lo puedo creer – dijo Camila a punto de
insultarme.
-
Lo cierto es que yo tampoco. Es el encantamiento
de Vogue.
-
A partir de ahora ¿disfrutarás de la cincuentena
como tu madre? – preguntó.
-
Sólo tiene cuarenta y ocho, y un señor CUERPAZO.
-
Eres la persona más imprevisible que conozco,
Peter.
-
Gracias – dije orgulloso.
-
Peter, es un viejo.
-
Viejo es aquel hombre que piensa que la vida se
la ha terminado y no hace nada para continuar viviendo. Honey, créeme si te aseguro que hay mucha vida en los pectorales de
ese viejo.
Me quedaban dos horas antes de la
cena así que decidí tener ‘un día con
las chicas’, en la intimidad de mi baño. Depilación en crema, baño de
sales, exfoliantes, afeitado, tónicos e hidratación; la sesión perfecta.
Comencé a tener estos días con mi amigo Sergi, aficionado, como yo, al buen
aspecto. Una noche le conté el dinero que había gastado en ‘Peninsula Spa’ y me propuso tener mi
primer día con las chicas con él. Desde ese día sólo visito a mi esteticista
cada dos meses.
Mi médico pasaría a buscarme en
su coche (y me di cuenta de que era la primera vez que me subía en coche
particular en la ciudad de la motos). No quería arreglarme demasiado, así que
ya que iría ‘Bajo Palio’, me puse un jersey de algodón ajustado , negro, y un
abrigo ligero de lana, de Helmunt Lang, eso sí. Cuando me subí me saludó con
una caricia en la pierna y me anunció que cenaríamos en L’Orangerie, en el
hotel La Florida, porque el chef era su amigo y le debía una cena.
-
Cuando te fuiste lo llamé y él mismo hizo la
reserva. Espero que no seas uno de esos modelos anoréxicos que no comen – dije
y a mi me dio un ataque de risa, que consiguió contagiarle a él.
-
Trabajo en la moda pero ¿qué te hace pensar que soy modelo?
-
¿No eres modelo? – dijo sonriendo. – Vaya, pensé
que por fin veía mi sueño cumplido- terminó y se rió.
Me
contó que era una broma que le gustaba hacer y yo había sido el primero en
responderle con tanta tranquilidad (y ¿de qué se sorprendía?).
Todas
las veces que he subido a la Florida lo que más me gusta es la vista de la
ciudad iluminada bajo tus pies. Es como Los Ángeles, pero pequeño. Como aún
eran las ocho y media nos fuimos al Miramar Bar del hotel para tomar una copa.
-
Pues tu acento es cojonudo para llevar sólo un
año – dijo sorprendido después de contarle que prácticamente me había criado en
USA.
-
No, hombre. Mi madre es de Murcia y siempre
hemos hablado en español.
-
Y ¿qué haces exactamente?
-
Pues me fijo en como viste la gente y simplifico
hasta conseguir una tendencia. La envío a la agencia y luego ellos se la venden
a las casas de moda – expliqué.
-
Entonces los diseñadores no son tan originales –
dijo con sorna.
-
Afortunadamente los cerebros de Jacob (Marc), Armani,
De la Renta (Oscar) y los tres diseñadores que sustituyeron a Ford (Tom) en
Gucci funcionan a pleno rendimiento – contesté y él puso cara de no entender
nada. – Y aunque parece todo muy frívolo, es una industria muy seria.
-
No lo dudo – dijo él.
-
Claro que lo tuyo no es tan difícil de explicar:
la gente se enferma y tú la curas.
-
No siempre – dijo él dejando la copa en la mesa
para recostarse en el asiento. – Cuando te marchaste recibí a una chica a la
que tuve que decirle que tiene cáncer – dijo y se me cayó la copa al suelo.
Me fui al baño a secarme el
pantalón, mientras los chicos del bar limpiaban el desastre, sin poder evitar
las lágrimas. Nacho, al ver que tardaba, entró a buscarme al baño. Le conté de
qué conocía a esa chica y la conversación de la sala de espera. Y allí mismo, a
la luz tenue del baño, Nacho me abrazó y me dijo al oído que no me preocupara.
Llevo unos días deambulando por
casa con la cara de esa chica en mi cabeza. No es que pretenda encontrar
soluciones místicas para comprender cómo una chica de veintiún años, con una
carrera prometedora como modelo en NY, puede morir de cáncer antes de ver sus
sueños cumplidos. Pero es curioso como todo el dinero del mundo puede hacernos bellos
y longevos y no pueda evitar que la muerte nos visite antes de merecerla.
-
Me alegra saber que te sintieras cómodo llorando
en el hombro de un extraño – dijo mi madre con un extraño orgullo.
-
Y yo
- dije, y era verdad. – Al final Camila tendrá razón cuando dice que me
hago viejo y me ablando.
-
A ti no te ablanda ni una apisonadora, Peter,
hijo. Tú lo que tienes que hacer es volver a ver a ese médico a ver por donde
te lleva – dijo ella. – Además de
prepararte para salir guapo en las fotos del Vogue.
-
Sí – dije desganado – Me levanto un día con la
noticia del Vogue y lo termino con la noticia de esa chica…
-
Oh, For
God Sick! ¿Quieres dejar de
preocuparte? – gritó ella. – Nadie puede evitar la muerte; ni la suya propia.
Además no la conocías ¿a quién quieres engañar? Llama a ese médico y olvídate –
dijo ella y yo quedé en silencio. Todo lo que decía era cierto y aún así seguía
sin comprender por qué me sentía culpable.
-
¿Sabes mamá? – dije – creo que le propondré a
Nacho una visita a domicilio. A lo mejor tengo suerte y viene con el
estetoscopio.
-
A ti lo que te hace falta es que te hagan
suspirar, Peter, no que te controlen las pulsaciones – dijo ella y colgó.
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