Viviendo en NY tienes la
oportunidad de sentirte fuera de lugar siempre que te apetezca o sentirte el
centro; o hasta un mesías. Todos los sueños son posibles en Manhattan, eso es
lo que la hace Grande.
Hace unos años, en los meses en
los que me preparaba para mudarme a Londres, un pequeño grupo de artistas,
capitaneado por mi amigo Steven Santry, abrió una propia galería para mostrar
sus trabajos, en Tribeca, cansados del mercantilismo de los Galeristas de NY. Su
sueño era triunfar; y algunos de ese grupo lo consiguieron. Mi vida social en
la noche Neoyorquina distaba mucho de los noventa donde me forjé un nombre en
el olimpo, pero cuando eres parte de ese olimpo te haces casi imprescindible
para que algo nuevo tenga futuro, y mi amigo me invitó. Como sabía que
necesitarían algo de ayuda, llamé a mi madre y le pedí que viniera y que además
invitara a unas cuantas amigas divorciadas o viudas con ganas de gastar dinero.
Cuando la Limusina se paró frente a la puerta los allí congregados para el
evento no esperaban que aquello se convirtiera en la alfombra roja de los
Oscar. Del interior salieron Collete (la madre de mi Jason, vestida de Chanel),
Amy O’Hara (de Dior), Nicoleta Fachino (de Armani Prive), mi madre (con un De
la Renta) y yo (con Smoking de Armani). Entramos con pompa, regalando sonrisas
y buenos modales ante la atónita mirada del resto de asistentes. Le di unos
cd’s al Dj, le dije a mi amigo que bajara un poco las luces y aquello se
convirtió en la fiesta del mes. Las amigas de mi madre, después de varios Gin
Tonics, compraron cuadros y esculturas pero sobre todo fotografías: las
fotografías del australiano del grupo. Al día siguiente, la publicación
gratuita Metro abría su edición con una foto de mi madre y sus tres amigas, al mas
puro estilo ‘SexAndTheCity’ en la puerta de la galería, bajo el titular : “Tribeca
got it! Glamour is Back in town”
-
Robert Tweet – dijo Lindsay, de Vogue. - ¿Te
suena?
-
Tengo unas cuantas fotos suyas en mi casa…
-
¿De veras? – dijo ella y entonces supe que
llevaba poco tiempo en esto (¿alguien de Vogue asombrándose por algo así? Desde
luego el mundo está cambiando).
-
Bueno, además nos conocemos, aunque supongo que
él no se acuerde de mí, hace muchos años ya– dije y sonreí. – Así que
aprovecharemos que estaré en Londres…
-
Pues por eso te llamo, Peter – dijo y me sentí
caer al vacío de la inoperatividad de esa muchacha. – Robert participa en una
exposición en Barcelona y estará unos días ahí – dijo Lindsay sin percibir la
sonrisa que de oreja a oreja iluminaba mi cara. – Le he dado tu teléfono para
que se ponga en contacto contigo; fue él quién quiso hacerlo ahí, si a ti no te
importaba – terminó Lindsay, pero yo hacía un rato que no la escuchaba.
Robert me llamó esa misma mañana.
Me comentó su idea de hacer algo íntimo, alejado de mi profesión, y sobretodo
de la moda. “Retratarte como una persona normal” – dijo. Me propuso hacer las
fotos en mi casa y que quedamos para el almuerzo.
-
Espero que seas profesional y te comportes –
dijo Camila asiendo alusión a mi afición por tirarme todo lo que se mueve, como
ella misma definió.
-
Yo al menos siempre llego a casa con la ropa
interior puesta – le dije, ella me insultó. – Fin de la conversación – dije en
voz alta después de colgar.
No me importa que la gente piense
lo sea de mi porque seguramente lo soy. Lo que me molesta es que pongan en duda
mi profesionalidad, mi saber estar y mi experiencia sexual (como si ya no me
quedara nada por hacer).
Robert llegó a casa envuelto en una
bufanda gigantesca y quejándose del frío. Le ofrecí algo caliente y nos fuimos
a la cocina. Allí, mientras calentaba agua, me hizo unas cuantas preguntas
sobre mi día a día. Y yo, aunque quise mentir, no pude evitar hacerle un
recorrido encantador sobre uno de mis días normales, desde que me levanto hasta
que ‘me llevan a la cama’.
-
¿Te gustaría que te retratara en la cama? –
preguntó sonriendo, con cara de malo.
-
No tengo problema siempre que sea en plan ‘Like
A Virgin’ de Madonna en el ‘Blond Ambition Tour’ – dije y él se rió. – Aunque no
es precisamente lo que conozco de ti – terminé y el levantó la ceja derecha
hasta la coronilla.
Le puse una taza de té en la mano
y lo cogí de la otra para llevarlo hasta el salón y plantarlo delante de una de
las fotografías que mi madre compró aquella noche en NY. Robert puso cara de
estupor y miró a su alrededor buscando otra referencia más sobre quién era yo y
como había llegado esa foto a mi salón, pero no encontró nada (excepto mi
sonrisa). De repente se giró sorprendido.
-
Eres tú – preguntó. - Tú eres aquel chico que iba con aquellas cuatro mujeres,
claro…
-
Bueno. En realidad eran ellas las que iban
conmigo – dije orgulloso.
-
Y ¿aún guardas contacto con ellas?
-
Claro – dije y carraspeé para aclararme la voz.
– Una es mi madre y las otras tres sus mejores amigas- expliqué y nos reímos.
Charlamos largo y tendido sobre
su carrera desde aquel día. Gracias al dinero que ‘LasChicasDeOro’ (termino
cariñoso que utiliza desde entonces para referirse a ellas y que yo ‘prometo’
no decírselo jamás a mi madre) se gastó en sus fotos aquella noche pudo
trabajar sin intermediarios sintiéndose libre para hacer un poco lo que le daba
la gana; y vaya si lo ha hecho: fijo en la Bienal de Venecia y por dos veces
consecutivas ganador del World Press Photo, nada menos.
-
Y ¿por qué ahora Vogue? – pregunté, recostándome
ligeramente en la chez lounge.
-
Por que todas las fotos me parecían iguales. O
le dan importancia a las chicas o la ropa, pero están vacías.
-
Como sus cabezas- reflexioné en voz alta.
-
Y tú – dijo. - ¿Por qué la moda?
-
Por lo mismo, sólo que yo me lleno de otras
cosas. La moda, como las fotografías, son un reflejo de la sociedad. Lo que yo
hago es casi, casi lo mismo que tú, pero en vez de imprimirlo en papel los
diseñadores hacen ropa.
Estuvo más de dos horas en casa y
tras almorzar se marchó, citándome esa misma noche en la inauguración de la
exposición. Pero no tenía con quién ir. Encendí el ordenador y le envié un email a Ánia Díaz: “Hola,
chica de la tele. ¿Te apetece acompañarme a la inauguración de una exposición
esta noche?”.
-
Así que Robert es ahora un gran fotógrafo –
meditó mi madre.
-
Ya lo era, cuando comprasteis todas sus fotos.
-
Si pero ahora es más viejo, ha vivido más. Los
años son una garantía de mejora.
-
No siempre; mira Nati Abascal – dije y ambos
reímos. Mi madre conoció a la Abascal una noche en una recepción con Felipe
González en Washinton, cuando era la mujer del gobernador del estado de
Louisina y tras escucharla hablar no volvió a dirigirse a ella en toda la noche
(y eso que compartían mesa). – Inaugura esta noche aquí en Barcelona y me ha
invitado a ir – concluí.
-
Ponte guapo – dijo mi madre.
-
¿Lo dudas?
-
Nunca se sabe a quién te puedes encontrar…
-
Siendo Barcelona y una exposición de fotos, te
puedo asegurar que vendrá la mitad de los jóvenes con aspecto de Hippies que
viven en Graçia, con sus novias hippies, y yo – dije riendo. Y así fue.
Ánia llegó cinco minutos tarde.
-
Hacía demasiado frío para venir en la moto, lo
siento – dijo entrando.
Robert nos saludó al veros. Hice
las presentaciones y nos indicó donde estaba el bar. Dejamos los abrigos y nos
fuimos a por una copa.
-
Harta. Así estoy. Todos me quieren pero ninguno
se decide – dijo Ánia después de dar el primer sorbo de cava – De fiesta en
fiesta y con los pies destrozados de
los tacones. Así estoy.
-
La mujer que no sufre de tacones es menos mujer.
-
¿Quién ha dicho eso?
-
Mi madre – respondí sonriendo.
-
El máximo de tiempo que está ella de pie
transcurre entre la limusina y la puerta de Dior. Tu madre no cuenta – dijo y
yo estallé en carcajadas. Nos fuimos a ver la fotos.
-
A mi esto del arte, la verdad. Yo vengo por las
copas y por los tíos.
-
Eso es lo que hacemos todos, pero a algunos nos
gusta presumir – dijo y ella apretó mi brazo.
Le conté la primera inauguración
con mi madre y sus amigas y no paró de reírse, mientras bebíamos y bebíamos
cava. Varias personas se nos acercaron por las risas y terminamos siendo un
grupo bastante variopinto hablando de la navidad, las fiestas y, como no, de la
moda.
Nos fuimos antes de las doce
(como manda el protocolo). Ánia en un taxi y yo en otro, rumbo a distintos
puntos de la ciudad. Antes de marcharnos, Robert me había dicho que se pondría
en contacto conmigo y como ya tenía mi número decidí que mejor me marchaba
antes de dejar de comportarme como ‘una Señora estupenda’, que diría mi madre.
Al día siguiente me depuré
durante dos horas en el gym, tomé un almuerzo ligero y me marché a ver qué
llevaba la gente puesta en el centro. Anduve por Rambla Catalunya entre pieles
(alguna buena), mocasines, botas altas y abrigos feísimos para el frío (en esta
ciudad la temperatura baja a 5 grados y la gente pierde el sentido del gusto).
Y entre las tiendas, como cada año, desde hace tres, H&M se lleva el premio al más puesto (con H&M pasa como con Starbuck’s,
cualquier ciudad civilizada del mundo ya parece un parque temático de alguna de
ellas). Recuerdo cuando Zara se convirtió en la tienda que mas vendía de
Manhattan. Parecía que un barco cargado de italianos de los años 40 había
desembarcado en el puerto de New Jersey.
Afortunadamente los Newyorkers no son
fieles ni a sus marcas ni a sus parejas.
Por la noche recibí la llamada de
Robert.
-
¿Cómo que para enseñármelas? – pregunté
asombrado.
-
Sí. Las hice ayer, durante la inauguración –
contestó y aluciné.
-
¿En plan Paparazzi? – pregunté pensando en todas
las horas de gimnasio que había tirado por la borda; aunque estoy como nunca.
-
Tienes un carisma espectacular con la gente ¿no
sé si lo sabes? – dijo y yo no contesté por educación. – Creo que he captado
muy bien quién eres – dijo y no le creí.
Al
día siguiente recibí las fotos.
-
Y ¿dices que te las ha regalado? – preguntó
Camila.
-
Y una de ellas ya vuela en dirección al
apartamento de mi madre en Manhattan.
-
Y como no me las enseñarás tendré que esperar al
número de febrero de Vogue- dijo ella hastiada.
-
A pesar de esta era digital que vivimos me las
ha enviado todas en papel – dije mientras las ojeaba por décima vez. – Creo que
sí tendrás que esperar.
-
Seguro que estás guapísimo, como siempre – dijo
Camila triste. - Ay, Peter. Si no
fuera por las fiestas me deprimiría.
-
Yo estaría deprimido por ellas.
-
Pero por que tú en el fondo siempre ha sido un
pijo – dijo y tuve que admitir que es cierto. – por eso te perdono tantas cosas
– terminó y no quise preguntar a qué se refería.
De las fotos me gusta lo ‘normal’
que parezco. Y no lo digo por lo mal vestido que iba el resto si no por que, a
pesar de todo lo que puedo ser, mi aspecto es el de alguien tan normal como el
de cualquiera de la calle. Y esta situación, que en condiciones normales se
traduciría en tragedia, resulta que no me importa.
No estoy seguro de qué me traigo
entre manos y aunque mi vida no ha variado mucho hace unas semanas hoy me
siento distinto.
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