22 diciembre, 2009

SoChic! Diario de la Ciudad Condal 22


Viviendo en NY tienes la oportunidad de sentirte fuera de lugar siempre que te apetezca o sentirte el centro; o hasta un mesías. Todos los sueños son posibles en Manhattan, eso es lo que la hace Grande.
Hace unos años, en los meses en los que me preparaba para mudarme a Londres, un pequeño grupo de artistas, capitaneado por mi amigo Steven Santry, abrió una propia galería para mostrar sus trabajos, en Tribeca, cansados del mercantilismo de los Galeristas de NY. Su sueño era triunfar; y algunos de ese grupo lo consiguieron. Mi vida social en la noche Neoyorquina distaba mucho de los noventa donde me forjé un nombre en el olimpo, pero cuando eres parte de ese olimpo te haces casi imprescindible para que algo nuevo tenga futuro, y mi amigo me invitó. Como sabía que necesitarían algo de ayuda, llamé a mi madre y le pedí que viniera y que además invitara a unas cuantas amigas divorciadas o viudas con ganas de gastar dinero. Cuando la Limusina se paró frente a la puerta los allí congregados para el evento no esperaban que aquello se convirtiera en la alfombra roja de los Oscar. Del interior salieron Collete (la madre de mi Jason, vestida de Chanel), Amy O’Hara (de Dior), Nicoleta Fachino (de Armani Prive), mi madre (con un De la Renta) y yo (con Smoking de Armani). Entramos con pompa, regalando sonrisas y buenos modales ante la atónita mirada del resto de asistentes. Le di unos cd’s al Dj, le dije a mi amigo que bajara un poco las luces y aquello se convirtió en la fiesta del mes. Las amigas de mi madre, después de varios Gin Tonics, compraron cuadros y esculturas pero sobre todo fotografías: las fotografías del australiano del grupo. Al día siguiente, la publicación gratuita Metro abría su edición con una foto de mi madre y sus tres amigas, al mas puro estilo ‘SexAndTheCity’ en la puerta de la galería, bajo el titular : “Tribeca got it! Glamour is Back in town” 

-       Robert Tweet – dijo Lindsay, de Vogue. - ¿Te suena?
-       Tengo unas cuantas fotos suyas en mi casa…
-       ¿De veras? – dijo ella y entonces supe que llevaba poco tiempo en esto (¿alguien de Vogue asombrándose por algo así? Desde luego el mundo está cambiando).
-       Bueno, además nos conocemos, aunque supongo que él no se acuerde de mí, hace muchos años ya– dije y sonreí. – Así que aprovecharemos que estaré en Londres…
-       Pues por eso te llamo, Peter – dijo y me sentí caer al vacío de la inoperatividad de esa muchacha. – Robert participa en una exposición en Barcelona y estará unos días ahí – dijo Lindsay sin percibir la sonrisa que de oreja a oreja iluminaba mi cara. – Le he dado tu teléfono para que se ponga en contacto contigo; fue él quién quiso hacerlo ahí, si a ti no te importaba – terminó Lindsay, pero yo hacía un rato que no la escuchaba.
Robert me llamó esa misma mañana. Me comentó su idea de hacer algo íntimo, alejado de mi profesión, y sobretodo de la moda. “Retratarte como una persona normal” – dijo. Me propuso hacer las fotos en mi casa y que quedamos para el almuerzo.
-       Espero que seas profesional y te comportes – dijo Camila asiendo alusión a mi afición por tirarme todo lo que se mueve, como ella misma definió.
-       Yo al menos siempre llego a casa con la ropa interior puesta – le dije, ella me insultó. – Fin de la conversación – dije en voz alta después de colgar.
No me importa que la gente piense lo sea de mi porque seguramente lo soy. Lo que me molesta es que pongan en duda mi profesionalidad, mi saber estar y mi experiencia sexual (como si ya no me quedara nada por hacer).
Robert llegó a casa envuelto en una bufanda gigantesca y quejándose del frío. Le ofrecí algo caliente y nos fuimos a la cocina. Allí, mientras calentaba agua, me hizo unas cuantas preguntas sobre mi día a día. Y yo, aunque quise mentir, no pude evitar hacerle un recorrido encantador sobre uno de mis días normales, desde que me levanto hasta que ‘me llevan a la cama’.
-       ¿Te gustaría que te retratara en la cama? – preguntó sonriendo, con cara de malo.
-       No tengo problema siempre que sea en plan ‘Like A Virgin’ de Madonna en el ‘Blond Ambition Tour’ – dije y él se rió. – Aunque no es precisamente lo que conozco de ti – terminé y el levantó la ceja derecha hasta la coronilla.
Le puse una taza de té en la mano y lo cogí de la otra para llevarlo hasta el salón y plantarlo delante de una de las fotografías que mi madre compró aquella noche en NY. Robert puso cara de estupor y miró a su alrededor buscando otra referencia más sobre quién era yo y como había llegado esa foto a mi salón, pero no encontró nada (excepto mi sonrisa). De repente se giró sorprendido.
-       Eres tú – preguntó. -  Tú eres aquel chico que iba con aquellas cuatro mujeres, claro…
-       Bueno. En realidad eran ellas las que iban conmigo – dije orgulloso.
-       Y ¿aún guardas contacto con ellas?
-       Claro – dije y carraspeé para aclararme la voz. – Una es mi madre y las otras tres sus mejores amigas- expliqué y nos reímos.
Charlamos largo y tendido sobre su carrera desde aquel día. Gracias al dinero que ‘LasChicasDeOro’ (termino cariñoso que utiliza desde entonces para referirse a ellas y que yo ‘prometo’ no decírselo jamás a mi madre) se gastó en sus fotos aquella noche pudo trabajar sin intermediarios sintiéndose libre para hacer un poco lo que le daba la gana; y vaya si lo ha hecho: fijo en la Bienal de Venecia y por dos veces consecutivas ganador del World Press Photo, nada menos.
-       Y ¿por qué ahora Vogue? – pregunté, recostándome ligeramente en la chez lounge.
-       Por que todas las fotos me parecían iguales. O le dan importancia a las chicas o la ropa, pero están vacías.
-       Como sus cabezas- reflexioné en voz alta.
-       Y tú – dijo. - ¿Por qué la moda?
-       Por lo mismo, sólo que yo me lleno de otras cosas. La moda, como las fotografías, son un reflejo de la sociedad. Lo que yo hago es casi, casi lo mismo que tú, pero en vez de imprimirlo en papel los diseñadores hacen ropa.
Estuvo más de dos horas en casa y tras almorzar se marchó, citándome esa misma noche en la inauguración de la exposición. Pero no tenía con quién ir. Encendí el ordenador  y le envié un email a Ánia Díaz: “Hola, chica de la tele. ¿Te apetece acompañarme a la inauguración de una exposición esta noche?”.
-       Así que Robert es ahora un gran fotógrafo – meditó mi madre.
-       Ya lo era, cuando comprasteis todas sus fotos.
-       Si pero ahora es más viejo, ha vivido más. Los años son una garantía de mejora.
-       No siempre; mira Nati Abascal – dije y ambos reímos. Mi madre conoció a la Abascal una noche en una recepción con Felipe González en Washinton, cuando era la mujer del gobernador del estado de Louisina y tras escucharla hablar no volvió a dirigirse a ella en toda la noche (y eso que compartían mesa). – Inaugura esta noche aquí en Barcelona y me ha invitado a ir – concluí.
-       Ponte guapo – dijo mi madre.
-       ¿Lo dudas?
-       Nunca se sabe a quién te puedes encontrar…
-       Siendo Barcelona y una exposición de fotos, te puedo asegurar que vendrá la mitad de los jóvenes con aspecto de Hippies que viven en Graçia, con sus novias hippies, y yo – dije riendo. Y así fue.
Ánia llegó cinco minutos tarde.
-       Hacía demasiado frío para venir en la moto, lo siento – dijo entrando.
Robert nos saludó al veros. Hice las presentaciones y nos indicó donde estaba el bar. Dejamos los abrigos y nos fuimos a por una copa.
-       Harta. Así estoy. Todos me quieren pero ninguno se decide – dijo Ánia después de dar el primer sorbo de cava – De fiesta en fiesta y con los pies destrozados de  los tacones. Así estoy.
-       La mujer que no sufre de tacones es menos mujer.
-       ¿Quién ha dicho eso?
-       Mi madre – respondí sonriendo.
-       El máximo de tiempo que está ella de pie transcurre entre la limusina y la puerta de Dior. Tu madre no cuenta – dijo y yo estallé en carcajadas. Nos fuimos a ver la fotos.
-       A mi esto del arte, la verdad. Yo vengo por las copas y por los tíos.
-       Eso es lo que hacemos todos, pero a algunos nos gusta presumir – dijo y ella apretó mi brazo.
Le conté la primera inauguración con mi madre y sus amigas y no paró de reírse, mientras bebíamos y bebíamos cava. Varias personas se nos acercaron por las risas y terminamos siendo un grupo bastante variopinto hablando de la navidad, las fiestas y, como no, de la moda.
Nos fuimos antes de las doce (como manda el protocolo). Ánia en un taxi y yo en otro, rumbo a distintos puntos de la ciudad. Antes de marcharnos, Robert me había dicho que se pondría en contacto conmigo y como ya tenía mi número decidí que mejor me marchaba antes de dejar de comportarme como ‘una Señora estupenda’, que diría mi madre.
Al día siguiente me depuré durante dos horas en el gym, tomé un almuerzo ligero y me marché a ver qué llevaba la gente puesta en el centro. Anduve por Rambla Catalunya entre pieles (alguna buena), mocasines, botas altas y abrigos feísimos para el frío (en esta ciudad la temperatura baja a 5 grados y la gente pierde el sentido del gusto). Y entre las tiendas, como cada año, desde hace tres, H&M se lleva el premio al más puesto (con H&M pasa como con Starbuck’s, cualquier ciudad civilizada del mundo ya parece un parque temático de alguna de ellas). Recuerdo cuando Zara se convirtió en la tienda que mas vendía de Manhattan. Parecía que un barco cargado de italianos de los años 40 había desembarcado en el puerto de New Jersey. Afortunadamente los Newyorkers no son fieles ni a sus marcas ni a sus parejas.
Por la noche recibí la llamada de Robert.
-       ¿Cómo que para enseñármelas? – pregunté asombrado.
-       Sí. Las hice ayer, durante la inauguración – contestó y aluciné.
-       ¿En plan Paparazzi? – pregunté pensando en todas las horas de gimnasio que había tirado por la borda; aunque estoy como nunca.
-       Tienes un carisma espectacular con la gente ¿no sé si lo sabes? – dijo y yo no contesté por educación. – Creo que he captado muy bien quién eres – dijo y no le creí.

Al día siguiente recibí las fotos.

-       Y ¿dices que te las ha regalado? – preguntó Camila.
-       Y una de ellas ya vuela en dirección al apartamento de mi madre en Manhattan.
-       Y como no me las enseñarás tendré que esperar al número de febrero de Vogue- dijo ella hastiada.
-       A pesar de esta era digital que vivimos me las ha enviado todas en papel – dije mientras las ojeaba por décima vez. – Creo que sí tendrás que esperar.
-       Seguro que estás guapísimo, como siempre – dijo Camila triste. -  Ay, Peter. Si no fuera por las fiestas me deprimiría.
-       Yo estaría deprimido por ellas.
-       Pero por que tú en el fondo siempre ha sido un pijo – dijo y tuve que admitir que es cierto. – por eso te perdono tantas cosas – terminó y no quise preguntar a qué se refería.
De las fotos me gusta lo ‘normal’ que parezco. Y no lo digo por lo mal vestido que iba el resto si no por que, a pesar de todo lo que puedo ser, mi aspecto es el de alguien tan normal como el de cualquiera de la calle. Y esta situación, que en condiciones normales se traduciría en tragedia, resulta que no me importa.
No estoy seguro de qué me traigo entre manos y aunque mi vida no ha variado mucho hace unas semanas hoy me siento distinto.

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