19 enero, 2010

SoChic! Diario de la Ciudad Condal 23


La navidad me deja un regusto a resaca post-vacacional a la que aún no me acostumbro. Y no es que sea de esas personas que odian la Navidad. Disfruto mucho de las fiestas, los regalos, mi madre… Y esta última Navidad mucho más, pues me recordé a mi mismo cuando era niño viajando juntos en aviones de una punta a otra del globo.
Recuerdo uno de mis primeros viajes con ella, antes de irme a estudiar a NY. Volábamos de Las Vegas a Bahrain para someterse a una operación estética en la cara (la tercera). Como sólo hacen las grandes, mi madre compró los billetes de las filas anterior y posterior y como, además, siempre se seda para volar, estuve prácticamente solo (en compañía de un ejemplar de Vogue, claro); y observé. Eran los ochenta y hasta el uniforme de la azafatas llevaba hombreras (nada Chic lo sé, así que mejor no hago ningún comentario sobre sus peinados). Pero en aquel avión el glamour lo puso Lauren Bacall, que viajaba a tres filas de nosotros. Llevaba unos jeans de Calvin Klein, un jersey de algodón de Burberry (a rayas) y unos mocasines de Todd’s, el pelo hacia atrás y su mirada escondida tras unas Wayfare en nacar marrón de Ray Ban (ufff).
Aquellos años coincidí con muchas celebridades de Hollywood que viajaban a Europa (la mayoría amigos de mi madre) pero ahora las estrellas de cine viajan en jets privados, propios o alquilados, y el glamour ha abandonado los vuelos transoceánicos.
En la película ‘Aeropuerto 75’, donde a la exótica Karen Black casi no se le mueve el pelo mientras pilota el avión de la Columbia Airlines, tras el boquete que abrió una avioneta al chocar de frente con el avión, destrozando la mitad de la cabina y matando al piloto (cosas del cine de los setenta). Incluso Charlton Heston consigue introducirse por el agujero desde un helicóptero para terminar aterrizando el avión, después de que otro hombre lo intentara y muriera; y aún así Karen continúa ‘casi-peinada’. En la misma película Linda Blair se reconcilia con la audiencia tras El Exorcista (en una acertadísima estrategia de su representante) y se pasa toda la película tumbada interpretando a una niña que espera un transplante, mientras una monja le canta canciones con una guitarra (no commetns). Pero lo mejor de esa película es Gloria Swanson interpretándose a sí misma, vestida de color negro con guantes y sombrero blancos y con una estola de chinchilla gris marengo, sentada en aquellos maravillosos asientos de color púrpura con el cabezal en rosa Fúcsia (aquello si era glamour).
-       Lástima que me perdiera esa década – le dije a mi madre en un momento de inspiración.
-       Viajar con British es también maravilloso; e inmensamente más cómodo. Te lo digo yo que he volado muchísimo.
-       Sí. Pero reconóceme que, aunque los asientos sean de piel, este color azul es insoportable hasta para el sentido del oído. – dije pero mi madre ya dormía. - Por no hablar del uniforme de la Crew – dije en voz baja.
Dos días viajando. Londres – NY – NY – Buenos Aires – Buenos Aires – Punta del Este.  Y después la vuelta hasta Barcelona. He tenido la desgracia de tragarme el horror de los mejores aeropuertos del mundo a nivel estético, además de viajar con mi madre, y he salido invicto. Merecía unas vacaciones y no unos días con su futuro marido. Menos mal que en Manhattan tuvimos una comida con algunas viejas amistades (y lo digo por la edad): Collete, la madre de mi Jason (que al lado de Madonna parece su hija; ¡qué manera de estirarse!) Carolina Herrera, Amy O’Hara, Ivana Trump y mi adorada Anabella Stwart (ex mujer del dueño de media ciudad de Nueva York).
-       Así que es guapo– dijo Camila.
-       ¿Guapo? – grité. – Guapo es tu marido. Marcelo está como un tren.
-       Pero ¿si es un viejo? – dijo ella asqueada.
-       ¿Y? – dije con énfasis. – Sweety, todos nos hacemos viejos, por mucho que queramos parecer jóvenes toda la vida.
-       ¿Y? – dijo ella imitando mi acento.
-       Que será mejor ir acostumbrándote a que un viejo sea quién comparta la cama contigo en unos años.
-       Prefiero dormir sola – dijo ella y colgó.
Prometo que sentí envidia de mi madre y de lo bien que la trata Marcelo (cómo se nota que es latino). Me hizo pensar seriamente en la posibilidad de tener una relación estable, pero me frenó que estuviera con mi madre (claro).
Lo cierto es que pasé unos días maravillosos allí. Me levantaba tarde cada día y leí muchísimo. Varios días me fui a la playa con los sobrinos de Marcelo y sus novias y me lo pasé en grande bebiendo Champange en la hamaca y jugando a Beach Volley. Lástima que el ocio de los ricos no este hecho para mi; al quinto día ya me quería ir.
-       Han sido unos días muy especiales para mi – me dijo mi madre, antes de bajarme del coche en el JFK airport. – Gracias.
-       No me des las gracias mamá. Es mi deber como hijo hacerte feliz.
-       No, no lo es. Pero te agradezco que así lo creas – dijo y me beso. – No te olvides de llamarme cuando llegues a tu casa.
-       Descuida – dije y me bajé del coche.
Dormí durante las casi seis horas de vuelo y casi muero al enterarme de que aterrizaríamos en Valencia.
-       ¿Cómo que cerrado? – pregunté a una azafata.
-       Climatología adversa – dijo ella intentando sonar culta. – También están cerrados los de Girona y Lleida – dijo y se fue meneando el culo por el pasillo.
Valencia es el aeropuerto desde el que me fui de España a vivir en NY, y no he vuelto desde entonces. Para colmo el temporal de frío y nieve preveía que tampoco despegásemos ese día con destino Barcelona. ¿Unos días en Valencia? – me dije con una inexplicable emoción. ¿A quién conozco en Valencia?
Recogí mi maleta y cogí un taxi hacia el centro. Me metí en una cafetería y encendí mi MacBook. Busqué hoteles en la ciudad y tras tomarme y pagar el café me fui hacia el Eurostar Gran Valencia.
Ya en la habitación revisé emails, saqué la ropa de la maleta y me fui al gimnasio del hotel. Dos horas más tarde, sentado en la cafetería, leía el VanityFair tomando un Martini.
-       Oh my God! – dijo alguien tras de mi – ¿Peter? – preguntó y me di la vuelta. – Pues claro que eres tú – dijo Sophie. – Reconocería esa nuca a la legua.
Sophie es la hija de Arthur Niedermeier y Clementine Brown empresarios de Las Vegas, y viejos amigos de mi madre.
-       Así que después de enfrentarme a mi padre le dije que me iba de casa – dijo ella.
-       ¿De verás? – pregunté incrédulo ante la noticia de que la adorable Sophie se había marchado de casa.
-       En realidad no. Pero como estaré viajando unos meses me pareció una buena idea hacerles sufrir un poco – dijo ella con maldad y yo casi me meo de la risa. – Mi padre no es el mismo desde que hablamos hace unos años. Se ha vuelto insoportable y ahora más que nunca, que no dependo para nada de su dinero…
-       Tanto jaleo por ser  lesbiana. No lo entiendo – dije asombrado, pues Arthur jamás tuvo prejuicios de ese tipo. Recuerdo incluso una vez que me pilló en la ducha con uno de sus guardaespaldas y le entró un ataque de risa; y después nos fuimos (los tres) a un bar de strippers a emborracharnos.
-       Dice que al ser la única hija tengo responsabilidades.
-       Jamás hubiera pensado eso de tu padre. Y si lo que quiere son nietos nadie mejor que una mujer ¿por qué se preocupa? – dije  ambos reímos.
-       Se trata de boda, Peter. Quiere hacerme la mejor boda de Las Vegas, salir en todas las revistas y sentirse orgulloso…
-       Ellen Degeneres también salió en todas las revistas cuando se casó – dije y Sophie asintió, mientras mordía un cubito de hielo en su boca.
Sophie creó una tienda online de Alta Costura, gracias a los contactos de su familia (entre ellas mi madre) y se hizo millonaria en el primer año. Ahora, además de eso, es la Personal Shopper de algunas de las mujeres más influyentes del planeta: es adorable.
-       ¿Qué haces en Valencia? – pregunté.
-       Desviaron mi avión aquí, pero espero volar mañana a Barcelona. Tenía pensado llamarte, quizás por eso te reconocí tan rápido, ya te tenía en mente.
-       A mi me ha pasado lo mismo – dije sin ninguna pena. – Quédate conmigo en casa, lo pasaremos bien; sólo he descorchado una de las botellas de Amarone que me enviaron D&G por Navidad.

Hasta la hora de la comida Sophie y yo nos terminamos las botellas de Martini del Bar y ya que estábamos allí nos quedamos para el almuerzo. Luego nos despedimos: yo me fui a dormir una siesta y ella a comprar zapatos (la adoro).

-       Me sorprende la actitud de Arthur – dijo mi madre. – Siempre a tenido predilección por ti, no sabes lo bien que habla de ti.
-       Al fin y al cabo no soy su hijo – dije y escuché como mi madre suspiraba.
-       El problema de los padres es que pretendemos que los hijos sean lo que nosotros queremos que sean y sufres cuando no lo consigues.
-       Pero esto ha de cambiar, mamá.
-       Y cambia, claro que cambia – dijo mi madre con voz suave. – Cambia el día en el que dejas de juzgar a tus hijos y empiezas a disfrutar de ellos.
Cuando tenía trece años me enamoré por primera vez. Fue de Felipe, el chico mas fuerte de la clase. Jamás se lo dije a nadie, claro. Recuerdo los días de colegio, cuando sólo quería vestirme de Ive Sant Laurent y desfilar en parís como las modelos, en los que Felipe demostraba su fuerza y agilidad jugando a Futbol en el patio. Una tarde merendando con mi madre, sentados a la mesa de la cocina, ella me preguntó si me gustaba alguna chica del colegio y yo no respondí. Esa noche me desperté sediento y la descubrí llorando en la cocina. Con trece años te sientes culpable por todo y aquello me destrozó. Pasé un día horrible en el colegio, pero al regresar a casa mi madre había improvisado una pasarela en el salón de casa. Me hizo un vestido con sabanas viejas me puso sus zapatos de tacón más altos y a ritmo de Abba me hizo desfilar como las modelos de París, para ella. No volví a sentirme culpable jamás.
Ahora la veo ‘de nuevo’ en los brazos de ‘otro’ hombre y pienso que va siendo hora de que sea yo quien le haga un vestido a ella y la acompañe (por primera vez) camino al altar.


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