La navidad me deja un regusto a
resaca post-vacacional a la que aún no me acostumbro. Y no es que sea de esas
personas que odian la Navidad. Disfruto mucho de las fiestas, los regalos, mi
madre… Y esta última Navidad mucho más, pues me recordé a mi mismo cuando era
niño viajando juntos en aviones de una punta a otra del globo.
Recuerdo uno de mis primeros
viajes con ella, antes de irme a estudiar a NY. Volábamos de Las Vegas a
Bahrain para someterse a una operación estética en la cara (la tercera). Como
sólo hacen las grandes, mi madre compró los billetes de las filas anterior y
posterior y como, además, siempre se seda para volar, estuve prácticamente solo
(en compañía de un ejemplar de Vogue, claro); y observé. Eran los ochenta y
hasta el uniforme de la azafatas llevaba hombreras (nada Chic lo sé, así que mejor no hago ningún comentario sobre sus
peinados). Pero en aquel avión el glamour lo puso Lauren Bacall, que viajaba a
tres filas de nosotros. Llevaba unos jeans de Calvin Klein, un jersey de
algodón de Burberry (a rayas) y unos mocasines de Todd’s, el pelo hacia atrás y
su mirada escondida tras unas Wayfare
en nacar marrón de Ray Ban (ufff).
Aquellos años coincidí con muchas
celebridades de Hollywood que viajaban a Europa (la mayoría amigos de mi madre)
pero ahora las estrellas de cine viajan en jets privados, propios o alquilados,
y el glamour ha abandonado los vuelos transoceánicos.
En la película ‘Aeropuerto 75’,
donde a la exótica Karen Black casi no se le mueve el pelo mientras pilota el
avión de la Columbia Airlines, tras
el boquete que abrió una avioneta al chocar de frente con el avión, destrozando
la mitad de la cabina y matando al piloto (cosas del cine de los setenta).
Incluso Charlton Heston consigue introducirse por el agujero desde un
helicóptero para terminar aterrizando el avión, después de que otro hombre lo
intentara y muriera; y aún así Karen continúa ‘casi-peinada’. En la misma
película Linda Blair se reconcilia con la audiencia tras El Exorcista (en una
acertadísima estrategia de su representante) y se pasa toda la película tumbada
interpretando a una niña que espera un transplante, mientras una monja le canta
canciones con una guitarra (no commetns).
Pero lo mejor de esa película es Gloria Swanson interpretándose a sí misma, vestida
de color negro con guantes y sombrero blancos y con una estola de chinchilla
gris marengo, sentada en aquellos maravillosos asientos de color púrpura con el
cabezal en rosa Fúcsia (aquello si era glamour).
-
Lástima que me perdiera esa década – le dije a
mi madre en un momento de inspiración.
-
Viajar con British es también maravilloso; e
inmensamente más cómodo. Te lo digo yo que he volado muchísimo.
-
Sí. Pero reconóceme que, aunque los asientos
sean de piel, este color azul es insoportable hasta para el sentido del oído. –
dije pero mi madre ya dormía. - Por no hablar del uniforme de la Crew – dije en voz baja.
Dos días viajando. Londres – NY –
NY – Buenos Aires – Buenos Aires – Punta del Este. Y después la vuelta hasta Barcelona. He tenido la desgracia
de tragarme el horror de los mejores aeropuertos del mundo a nivel estético,
además de viajar con mi madre, y he salido invicto. Merecía unas vacaciones y
no unos días con su futuro marido. Menos mal que en Manhattan tuvimos una
comida con algunas viejas amistades (y lo digo por la edad): Collete, la madre
de mi Jason (que al lado de Madonna parece su hija; ¡qué manera de estirarse!)
Carolina Herrera, Amy O’Hara, Ivana Trump y mi adorada Anabella Stwart (ex
mujer del dueño de media ciudad de Nueva York).
-
Así que es guapo– dijo Camila.
-
¿Guapo? – grité. – Guapo es tu marido. Marcelo
está como un tren.
-
Pero ¿si es un viejo? – dijo ella asqueada.
-
¿Y? – dije con énfasis. – Sweety, todos nos hacemos viejos, por mucho que queramos parecer
jóvenes toda la vida.
-
¿Y? – dijo ella imitando mi acento.
-
Que será mejor ir acostumbrándote a que un viejo
sea quién comparta la cama contigo en unos años.
-
Prefiero dormir sola – dijo ella y colgó.
Prometo que sentí envidia de mi
madre y de lo bien que la trata Marcelo (cómo se nota que es latino). Me hizo
pensar seriamente en la posibilidad de tener una relación estable, pero me
frenó que estuviera con mi madre (claro).
Lo cierto es que pasé unos días
maravillosos allí. Me levantaba tarde cada día y leí muchísimo. Varios días me
fui a la playa con los sobrinos de Marcelo y sus novias y me lo pasé en grande
bebiendo Champange en la hamaca y jugando a Beach Volley. Lástima que el ocio
de los ricos no este hecho para mi; al quinto día ya me quería ir.
-
Han sido unos días muy especiales para mi – me
dijo mi madre, antes de bajarme del coche en el JFK airport. – Gracias.
-
No me des las gracias mamá. Es mi deber como
hijo hacerte feliz.
-
No, no lo es. Pero te agradezco que así lo creas
– dijo y me beso. – No te olvides de llamarme cuando llegues a tu casa.
-
Descuida – dije y me bajé del coche.
Dormí durante las casi seis horas
de vuelo y casi muero al enterarme de que aterrizaríamos en Valencia.
-
¿Cómo que cerrado? – pregunté a una azafata.
-
Climatología adversa – dijo ella intentando
sonar culta. – También están cerrados los de Girona y Lleida – dijo y se fue
meneando el culo por el pasillo.
Valencia es el aeropuerto desde
el que me fui de España a vivir en NY, y no he vuelto desde entonces. Para
colmo el temporal de frío y nieve preveía que tampoco despegásemos ese día con
destino Barcelona. ¿Unos días en Valencia? – me dije con una inexplicable
emoción. ¿A quién conozco en Valencia?
Recogí mi maleta y cogí un taxi
hacia el centro. Me metí en una cafetería y encendí mi MacBook. Busqué hoteles
en la ciudad y tras tomarme y pagar el café me fui hacia el Eurostar Gran
Valencia.
Ya en la habitación revisé
emails, saqué la ropa de la maleta y me fui al gimnasio del hotel. Dos horas
más tarde, sentado en la cafetería, leía el VanityFair tomando un Martini.
-
Oh my God!
– dijo alguien tras de mi – ¿Peter? – preguntó y me di la vuelta. – Pues claro
que eres tú – dijo Sophie. – Reconocería esa nuca a la legua.
Sophie es la hija de Arthur
Niedermeier y Clementine Brown empresarios de Las Vegas, y viejos amigos de mi
madre.
-
Así que después de enfrentarme a mi padre le
dije que me iba de casa – dijo ella.
-
¿De verás? – pregunté incrédulo ante la noticia
de que la adorable Sophie se había marchado de casa.
-
En realidad no. Pero como estaré viajando unos
meses me pareció una buena idea hacerles sufrir un poco – dijo ella con maldad
y yo casi me meo de la risa. – Mi padre no es el mismo desde que hablamos hace
unos años. Se ha vuelto insoportable y ahora más que nunca, que no dependo para
nada de su dinero…
-
Tanto jaleo por ser lesbiana. No lo entiendo – dije asombrado, pues Arthur jamás
tuvo prejuicios de ese tipo. Recuerdo incluso una vez que me pilló en la ducha
con uno de sus guardaespaldas y le entró un ataque de risa; y después nos fuimos
(los tres) a un bar de strippers a emborracharnos.
-
Dice que al ser la única hija tengo
responsabilidades.
-
Jamás hubiera pensado eso de tu padre. Y si lo
que quiere son nietos nadie mejor que una mujer ¿por qué se preocupa? –
dije ambos reímos.
-
Se trata de boda, Peter. Quiere hacerme la mejor
boda de Las Vegas, salir en todas las revistas y sentirse orgulloso…
-
Ellen Degeneres también salió en todas las
revistas cuando se casó – dije y Sophie asintió, mientras mordía un cubito de
hielo en su boca.
Sophie creó una tienda online de
Alta Costura, gracias a los contactos de su familia (entre ellas mi madre) y se
hizo millonaria en el primer año. Ahora, además de eso, es la Personal Shopper de algunas de las
mujeres más influyentes del planeta: es adorable.
-
¿Qué haces en Valencia? – pregunté.
-
Desviaron mi avión aquí, pero espero volar
mañana a Barcelona. Tenía pensado llamarte, quizás por eso te reconocí tan
rápido, ya te tenía en mente.
-
A mi me ha pasado lo mismo – dije sin ninguna
pena. – Quédate conmigo en casa, lo pasaremos bien; sólo he descorchado una de
las botellas de Amarone que me enviaron D&G por Navidad.
Hasta
la hora de la comida Sophie y yo nos terminamos las botellas de Martini del Bar
y ya que estábamos allí nos quedamos para el almuerzo. Luego nos despedimos: yo
me fui a dormir una siesta y ella a comprar zapatos (la adoro).
-
Me sorprende la actitud de Arthur – dijo mi
madre. – Siempre a tenido predilección por ti, no sabes lo bien que habla de
ti.
-
Al fin y al cabo no soy su hijo – dije y escuché
como mi madre suspiraba.
-
El problema de los padres es que pretendemos que
los hijos sean lo que nosotros queremos que sean y sufres cuando no lo
consigues.
-
Pero esto ha de cambiar, mamá.
-
Y cambia, claro que cambia – dijo mi madre con
voz suave. – Cambia el día en el que dejas de juzgar a tus hijos y empiezas a
disfrutar de ellos.
Cuando tenía trece años me
enamoré por primera vez. Fue de Felipe, el chico mas fuerte de la clase. Jamás
se lo dije a nadie, claro. Recuerdo los días de colegio, cuando sólo quería
vestirme de Ive Sant Laurent y desfilar en parís como las modelos, en los que
Felipe demostraba su fuerza y agilidad jugando a Futbol en el patio. Una tarde
merendando con mi madre, sentados a la mesa de la cocina, ella me preguntó si
me gustaba alguna chica del colegio y yo no respondí. Esa noche me desperté sediento
y la descubrí llorando en la cocina. Con trece años te sientes culpable por
todo y aquello me destrozó. Pasé un día horrible en el colegio, pero al
regresar a casa mi madre había improvisado una pasarela en el salón de casa. Me
hizo un vestido con sabanas viejas me puso sus zapatos de tacón más altos y a
ritmo de Abba me hizo desfilar como las modelos de París, para ella. No volví a
sentirme culpable jamás.
Ahora la veo ‘de nuevo’ en los
brazos de ‘otro’ hombre y pienso que va siendo hora de que sea yo quien le haga
un vestido a ella y la acompañe (por primera vez) camino al altar.
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