Sin motivo
aparente, la semana pasada tan sólo recibí cotilleos de todas las personas con
las que hablé.
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Ay, Peter – dijo mi madre en voz baja. – Estamos
tan avergonzadas; después de compartir mesa con ella en fechas tan señaladas… -
terminó tristemente. Y todo porque Ivana Trump se medio despelota en el
“Celebrity BigBrother” inglés delante del resto de concursantes de la casa y
todas sus amistades se tiran de los pelos.
-
Mira que, a pesar de lo excesiva que es, siempre
le he tenido un aprecio especial.
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¿Quizás por que ambas sois la ex de algún
millonario? – dije con sarcasmo.
-
Fíjate, Sweety.
Estoy tan indignada que ni tus comentarios me hacen reír – dijo mi madre
abatida. – Voy a llamar a Marcelo para que venga a buscarme y me lleve a comer
a un sitio caro.
-
Así me gusta mamá: ante la adversidad nada como
un buen restaurante.
-
Y Dior, cariño. Y Dior – dijo ella.
La semana no había empezado
mal. Buenas temperaturas, mucho cine, nueva música, el estreno de ‘Nine’ y
joyas. Nicoleta me había enviado a casa un reloj de Chanel de oro blanco y diamantes,
igual al que llevaba su amante, en la cena que hicimos por Navidad el mes
pasado, en el apartamento de mi madre en Manhattan. Simplemente le dije que me
parecía precioso, mientras cogía del brazo al muchacho, y ella me envió uno
igual dos semanas después, con una nota: “Para mi adorado Peter (creo que nunca
antes te había hecho un regalo)”; casi me caigo mareado cuando me lo puse.
-
Y ¿qué harás con él? – preguntó Camila,
escéptica.
-
¿Mirar la hora?
-
Me refiero a que tú nunca usas joyas…
-
Lo impresionante es que ni siquiera tengo que
arreglarlo, está mi medida – dije mientras miraba el reflejo de los diamantes
en la pared de mi salón.
-
Tu madre habrá tenido algo que ver, estoy
segura.
-
Recuerdo ponerme sus collares, cuando era niño,
pero no que los diamantes fuesen tan ligeros.
-
¿Ligeros? – exclamó Camila. – El peso de unos
diamantes colgados de tu cuello no tienen comparación.
-
Me quedo con el peso de un buen chulo, sudando
la gota gorda mientras bombea mi pelvis – dije y escuché como Camila colgaba
con rabia. – Es verdad – terminé diciendo con el teléfono aún en la oreja.
Hacía días había recibido un
email de mi amigo Walter, desde NY, para que le llamase y me olvidé. Así que me
envió otro sólo con un Gran Enunciado: Sarah Jessica Parker trabajará para Halston.
-
Primero consigue que cierren Steve & Barry y ahora quiere acabar
con Halston – dijo Walter
ofendidísimo. – Es una oportunista.
-
Tampoco es para tanto. Le dejarán elegir un par
de diseños y la utilizarán para promocionar la casa.
-
¿Promocionar? – gritó. – ¡La han convertido en
Directora Creativa! For God Sick, Peter!!
A mi no me cae especialmente
bien, aunque tampoco mal. Nunca he hablado con ella ni sé qué hace, pero
reconozco que para miles de mujeres se ha convertido en un referente en moda;
aunque para Walter no. Él trabajó como director artístico de varias marcas
europeas en Manhattan en la década de los noventa además de conseguir que Besltaff fuera, al fin, reconocida en
Europa.
-
No me gustan los intrusismos, Peter. Hoy en día
cualquiera puede opinar de moda, sin necesidad de saber nada sobre ella – dijo
Walter enfadado mientras yo pensaba que eso era lo realmente maravilloso de la
moda.
-
Lo mismo dijiste cuando Madonna diseño para
H&M y luego te compraste unas cuantas cosas – dije y Walter comenzó a
hablarme del tiempo tan horrible que tenían en NY.
La moda es intrusismo hasta
para las grandes casas. Nadie, hoy en día, se gasta millones en ropa a no ser
que le sobre el dinero. Las marcas viven de sus colecciones más baratas, de los
accesorios los cosméticos y el turismo; conozco a una señora que cada vez que
visita una ciudad con tienda de Vuitton se compra el mismo bolso. Ya tiene
cuarenta y sigue sumando. Nada es lo que fue y aun así se facturan millones en
todo el mundo. ¿Qué más da que una actriz o una cantante diseñe ropa? Ives
Saint Laurent, estaba mal de la cabeza, por ejemplo. Jamás aceptó su
homosexualidad, era un impresentable, un déspota y aún así se le considera Dios
dentro de la moda. Giani Versace era inestable, drogadicto y un juerguista,
pero un icono. Cuando murió se descubrió quién era realmente la cabeza pensante
de ese binomio; y hoy en día Donatella lo sigue demostrando.
Recuerdo a mi profesora de
estilismo de la escuela, Mrs Fleiss, decía que la anécdota hacía al mito. “No
triunfarás sin una anécdota en tu carrera” – decía, sobre sus maravillosos
Manolo Blanik.
-
La colección de este año es para morir de
Glamour, Peter – me decía Camila emocionada sobre la colección Fall 2009 de Alexander McQueen.
-
¿No es un poco Dior? – dije, sabiendo que
aquello provocaría la ira en ella pero, sorprendentemente, no se enfadó.
-
Eso ha dicho la mayoría – dijo tranquila. –
Claro que hoy en día ¿qué no ha hecho ya Dior?
-
¿Camisetas de tirantes para maricas musculadas?
– pregunté.
En el Gym, mi entrenador me
contó lo mal que lo estaba pasando con su mujer, que es extremadamente celosa,
y había llegado a vigilar en la puerta del Gimnasio para ver con quién salía.
Yo sonreí tímidamente mientras pensaba que no me importaría contribuir en
aumentar esas sospechas. En la piscina uno de los monitores, con una pierna
escayolada, me cuenta que atropelló al perro de una señora, que cagaba en el
carril bici, y se cayó. Dos señoras, en la sauna, comentaban cómo los bomberos
rompían la puerta de la vecina del quinto de una de ellas, y encontraban el
cadáver en el suelo del salón. Y ya cuando salgo, camino de casa, mi amiga Elga
me envía una foto del backstage del desfile de Dior, de la semana de la AltaCostura
de París, con una modelo en el suelo después de torcerse un tobillo por culpa
de los tacones.
Después de la ducha, mientras
me vestía, un muchacho con el que coincido muchos días en el vestuario, y con
el que había cruzado tres palabras (Hola ¿qué tal?) se acercó para charlar y
tras invitarme a comer, se volvió hacia su taquilla para terminar de vestirse,
no sin antes resbalar con el agua del suelo y caer el suelo, dando con su cabeza en un banco y perdiendo el
conocimiento.
-
Me sentí tan mal que me fui con el en la
ambulancia hasta el hospital – le dije a Camila que continuaba en silencio. – Y
aquí estoy, esperando que salga.
-
Y ¿en qué momento te convertiste en la Madre
Teresa?
-
Tampoco es para tanto – me quejé.
-
El Peter que yo conozco ni se hubiera enterado
que ese chico cayera al suelo.
-
Acababa de aceptar su invitación, lo menos que
podía hacer era llamar a una ambulancia y preocuparme por él.
Después de tres horas en el
hospital, llegué a casa y mi vecina me llama a la puerta para preguntarme que
si he visto a su gato porque hace días que no lo ve. Salimos juntos a la
terraza y allí estaba el cadáver de su gato en un rincón.
Después de calmarla, hacerle
una infusión en la cocina y meter al gato sin vida dentro de una bolsa de plástico,
y luego en una de Prada, conseguí que se fuera y que le pasara el problema a su
hijo, al cual no quería molestar ‘porque está trabajando’, me dijo.
Cuando se fue, me desnudé, me
metí en la cama y me acurruqué bajo el edredón y me dejé dormir mientras
pensaba que no me había pasado nada ese día y en cambio lo recordaría toda mi
vida.
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