Mi madre se ha inventado una
nueva palabra que define a la perfección un estado emocional placentero, como cuando
se compra unos zapatos nuevos. Y ahora, para ella, todo es Ultrafabulous.
-
Y ¿eres la única que lo dice, o ya todas la
operadas vestidas de Prada que conoces la utilizan? – pregunté con malicia.
-
Sólo, Anne Miller y Natasha Vuitton.
-
¿La bisnieta del mismísimo Louis? – grité.
-
Si. Ahora nos vemos a diario, es un encanto.
-
Así que está viva – susurré pensativo.
Natasha Vuitton no es conocida.
Quiero decir que se sabe que existe pero nadie sabría decirte exactamente quién
es; y la mayoría de personas que conozco mataría a su madre sólo por estrechar
la mano de Natasha.
Y de repente mi madre era su
mejor amiga del momento. Es como si, de repente, tú y Athina Onassis os
hicierais inseparables. Automáticamente dejarías de ser una persona ‘Equis’
para convertirte en una ‘Y griega’.
-
¿Vendréis a Europa? – pregunté esperando
que Balenciaga me iluminara desde el cielo y la bisnieta de Louis Vuitton
pisase mi casa.
-
¡Seguro! – dijo mi madre y por fin se me relajó
el esfínter. – El otro día hablando de ti me dijo que nunca ha estado en
Barcelona, fíjate. Así que, a lo mejor, vamos para nos enseñas la ciudad.
-
Eso sería, ¿cómo podría decirlo? Ultrafabulous? – dije y adiviné que mi
madre sonreía de puro placer.
Con los años, y por necesidad,
he conseguido librarme de la culpabilidad de ser quién soy y trabajar como
trabajo. Desgraciadamente la cultura del resto de seres humanos les impide comprender
mi punto de vista y, lamentablemente, voy rompiendo corazones. Camila por
supuesto es uno de esos corazones.
-
Por favor, Peter, si viene a Europa yo la quiero
conocer. Haré cualquier cosa – dijo ella, seguro que de pie, con la mirada
perdida en algún punto entre sus zapatos nuevos y el Thames.
-
Es amiga de mi madre no mía – dije sin
importancia.
-
Peter, por favor. ¿Cuándo dejarás de ser el
centro del mundo?
-
SOY el centro del mundo. Al menos del mío y no
te consiento que subestimes mi forma de aprovecharme de este tipo de
situaciones por tener una madre ultrafabulous!.
-
¿Qué quieres que haga? – preguntó Camila, sentándose
de nuevo en su silla.
-
¿Qué serías capaz de hacer? – respondí yo, con
ganas de saber de qué sería capaz.
-
Me cortaría los meñiques de los pies – dijo con
voz dolorida.
-
Pero entonces te querría conocer Manolo Blahnik
– dije riendo. – No me vale. Otra.
-
Pide por esa boca – dijo ella llena de ira.
-
Está bien – dije con seriedad. – Quiero la
palabra Ultrafabulous en la editorial
del Vogue del mes de Octubre, mencionando a mi madre como creadora de la
expresión, además de uno foto de ella en el interior con un artículo,
felicitándola por su cumpleaños… - terminé diciendo en un suspiro. Le pedí un
imposible, pero Camila me contestó con un sencillo y rotundo: “Dalo por hecho”;
y las teclas de mi BlackBerry se estremecieron.
Sabía que Camila lo haría. En
ese mismo momento seguro que llamó a la editora de Vogue para comer con ella y
hablarle del tema del October Issue.
Y es cierto que me creo el centro del mundo y por eso estoy donde estoy y consigo
siempre lo que quiero. Es la parte que menos me gusta de mi trabajo, pero como
decía Mae West: “De buena soy muy buena. Pero de mala soy mejor”. Amén.
Mi madre me habló de su agenda
y yo asentí durante veinte minutos esperando que en algún momento se atreviera
a decirme aquello por lo que me había llamado, antes de que colgara y me
llamase de nuevo. No me equivoqué.
-
No tengo ninguna intención de ir contigo a Miami,
Mamá.
-
Sweetheart.
Hazlo por tu madre.
-
Mira mamá, desde que dejaste al Uruguayo ese,
has entrado en un estado de necesidad emocional el cual te preocupaste por
enseñarme cuando era niño. Así que no intentes chantajearme porque no tengo
doce años.
-
Y con doce años eras igual de arisco que ahora,
Peter por favor, que soy tu madre. Y te conozco mejor que cualquiera de los que
van diciendo por ahí que eres el hombre más fácil del mundo.
-
¿De verdad te han dicho eso? – dije con una
sonrisa de oreja a oreja; por fín se había creado el mito, ahora ya puedo
descansar.
-
Me lo dijo un chico en el Ritz de París la última
semana de desfiles; y que parece conocerte muy bien. Mathew Cornwell.
-
Mathew, ¿el hijo de Wallace Cornwell?.
-
-
El mismo, Wallace Conrwell; sí señor – dijo mi
madre alargando las sílabas. – Recuerdas aquel día en la Vegas que se subió
sobre la mesa del blackjack y se quedó desnudo.
-
Como olvidarlo, si los calzoncillos me cayeron
en la cabeza.
-
Su mujer lo dejó, el pobre. Bebió mucho en
aquellos años – dijo mi madre con nostalgia.
-
¿Mucho, mamá? Entre él y su hermano se acabaron
el whisky de toda Nevada.
-
Pues Mathew es un chico encantador; nada que ver
con el grosero de su padre.
Wallace Cornwell fue uno de los
ganaderos más importantes de Texas, en los sesenta, ya que proveía a McDonals
de su carne para hamburguesas. Pero fascinado por la belleza de las noches en
Las Vegas, vendió todo el ganado y lo invirtió en montar un Casino. Tuvo mucha
suerte y dos años después ya tenía tres. Hoy en día sus tres hijos mantienen la
fortuna de su padre intacta, en Las Vegas. Pero ninguno se dedica al negocio.
Wallace Jr es Bioquímico, Rachel es marchante de arte y Mathew (con el que me
lié) se dedica a la moda, como yo. El día que nos reencontramos en Milán yo
desplegué todos mis encantos (que yo en eso soy mejor que mi madre) y pasó dos
días, literalmente, dentro de mi. La última vez que lo vi fue en Londres, en la
agencia. Él había ido a elegir unas modelos y yo a entregar un estudio de
mercado.
Mi madre insistió.
-
¿Vendrás?
-
Bueno… - dije tranquilo. – Si tú consigues que Mathew esté en
Florida estaré encantado de irme contigo de vacaciones.
-
Y ¿qué me das tú a cambio?
-
Pues ir, Mamá. Ir – dije yo mientras me repetía
la misma pregunta que me hago desde niño cuando dice estas cosas: “Si no la
chupara tan bien ¿qué hubiera sido de mi madre?” (Obviamente, nunca se lo he
dicho a ella).
-
Eso no me vale. Ahora que tienes un polvo
asegurado dices que vienes conmigo. No vayas de listo – dijo imitando a Betty
White, en “LasChicasDeOro”.
Entonces (y siempre ocurre cuando
me hago esa pregunta) mi madre me resulta muy lúcida y entiendo que tiene
‘otras habilidades’. Se me encendió la luz.
-
¿Qué te parece que Ultrafaboulous sea el Issue del número del Vogue británico de
Octubre, como regalo de
cumpleaños?
Mi madre se quedó en silencio
unos segundos. Seguro que se vió así misma sentada en el Oak Bar del Plaza en
NY, rodeada de sus amigas (Natasha Vuiton incluida) hablando de su palabra en
el Vogue.
-
Me harías tan feliz con eso, Peter – dijo entre
sollozos.
-
¿Estás llorando Mamá?
Jamás pensé que a mi madre le
hiciera tanta ilusión lo del Vogue. Aún llora cuando se pone el último vestido
que Balenciaga le hizo, con sus propias manos, en Paris, antes de retirarse.
Pero pensé que se lo tomaría como una frivolidad más; y no. Eso me pasa por
pensar en vez de preguntar.
-
Espero que al menos me lleves a comer croisants
a casa de Margaret O’Neill.
-
Se ha muerto – dijo mi madre despertando de su
letargo.
-
Ay, pobre. ¿cuándo?
-
Justo dos días después de que muriese su marido,
Walter.
-
¿¡También se ha muerto!? Pero mamá – dije
repitiéndome de nuevo la eterna pregunta sobre su éxito.
-
Mira… - dijo mi madre pensativa. – Es lo que
tiene la vida.
-
Si, pero los vivos nos comunicamos y si no me lo
dices no puedo llamar a su hija Samatha, a la que estoy muy unido, para darle
el pésame.
-
Si estuvierais tan unidos ya te habrías enterado
tú. Y deja de hacerte el listo. A ti las únicas muertes que te han importado
han sido la Lady Di y la de Versace – dijo ella y yo me sentí culpable (pero
con Versace habíamos pasado unos veranos en Miami maravillosos, y a Diana I just Loved Her)
-
Bueno vale – dije . – Tienes razón. Y – dije con voz autoritaria – si vas a
venir con la Natasha esa a mi casa, avísame con tiempo que sabes cómo soy de
especial para las visitas.
-
Podríamos regresar juntas contigo. Vendrá a Florida
– dijo mi madre y yo grité emocionado.
Mathew me agregó a Facebook (esa
maravillosa herramienta social que consigue que la gente pierda la vergüenza; y
el norte) y me hice el sorprendido (después de tantos años, bla, bla, bla…). Me
dijo que se había enterado por mi madre que estaría en Florida en Agosto y que
podríamos vernos (GodBlessMyMum!).
Así que intercambiamos pin de la BlackBerry y nos conectamos.
No sé si recordaréis la película
de mil novecientos ochenta y uno “FuriaDeTitanes” donde Harry Hammil, un Sex Symbol de mi adolescencia, lucía
palmito haciendo de Perseo; para luego acabar en “LaLeyDeLosÁngeles” y más
tarde convertirse en un bote de botox andante. Pues Mathew le gana en altura
pero se parece mucho. Y yo soy
fiel a mis Divas. Decidimos que, como yo iba con mi madre y él con la suya, nos
podríamos escapar unos días a una cabaña que tiene en el lago George; apartados
del mundo y con todas las comodidades.
Sonrío. Y la sonrisa me dura
varias días ya. Mi madre decidió vivir su vida como ella creía que debía
vivirla y le ha ido muy bien. A mi me dejó la libertad de elegir ser quién soy
y, como no, hacer mi vida como a mi me gusta. Para mi madre ser feliz ha sido
una cuestión de constancia más que de actitud y esa constancia la ha llevado a
ser quién es sin renunciar a si misma. Y es cierto que todo lo que tiene ha
sido anteriormente de algún millonario que cayó en sus redes, pero ella jamás
ha ocultado el secreto de su éxito; más bien al contrario. Con los años, y
ahora que estoy en la flor de la vida, soy más consciente del regalo que me
hizo al sacarme de España y llevarme a NY en mi adolescencia.
Por este motivo, y cada vez con
más fuerza, deseo parecerme lo mas posible a ella y hacer que todo lo que
acontece en mi vida sea Ultrafabulous!
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