20 agosto, 2010

SoChic! Diario de la Ciudad Condal 26


El verano en Barcelona está siendo más fresco de lo normal. Una locura si contamos la cantidad de turistas (mal vestidos) que vienen a la ciudad con más ganas de playa y cerveza que de visita cultural. Y a mi me da igual. Desde mi terraza la visión de la ciudad a mis pies me transmite tranquilidad y la temperatura es la ideal para seguir escandalizando al vecindario con mi manía de andar desnudo en casa y en la terraza.
Mi madre me envía por email mi billete de avión y ella tan contenta.
-       Mamá ¿qué coño voy a hacer en Boston un día entero?
-       Irte de compras, por ejemplo – dijo ella, supongo que pensando qué otra cosa se puede hacer en Boston si no eres Católico o eres amigo de una familia modélica.
-       Mamá, Boston es la ciudad más aburrida del mundo, después de Washington.
-       No si tienes un amante esperándote – dijo y yo decidí hacerme el loco y no averiguar por qué mi madre se tomaba tantas molestias por unas vacaciones. – Te tengo que dejar, Honey. He quedado con Natasha para comer con Carolina (Herrera). Habla con Mathew, él te pondrá al día de todo – dijo antes de colgar.
Y yo deseé con todas mis fuerzas que mi madre tuviera razón y Mathew me pusiera al día, o a la noche, pero que me pusiera de algún modo (a ser posible en modo ‘T- lametum Forte’).
Debía pasar por Santa Eulalia a recoger unas camisas que había comprado, pero antes de eso me fui al gym. Tenía que descargar toda la presión acumulada en los últimos días antes de hacerme algún perfil en el Romeo, el Gaydar o cualquiera de esos perfiles donde los tíos se venden como si fueran Roast Beef, chuletitas de cordero o , sencillamente, cerdos colgados de un gancho a su medida; pero que follan mucho; eso hay que reconocerlo.
 Mi entrenador estaba de vacaciones (una lástima visual) y uno de sus compañeros, más interesado en la fórmula uno de la tele que en mi, trató de hacer su trabajo y me dejó tranquilo, que siempre se agradece. Por desgracia un muchacho, de esos que se aburren en casa y se van al gym a ver si consiguen un rollo en las duchas (que ¡qué asco!), se interesó por mi y se puso desagradable. Me pregunta: ¿Todos los guapos sois igual de creídos? Yo le respondo: No. Y, afortunadamente, tú no estás en el primer grupo, aunque pareces un becario del segundo. Si no te importa, estoy entrenando.
Salí desorientado y con hambre (muchos días sin sexo- pensé). De camino a casa pasé por Dolço y me compré una de sus magdalenas de chocolate pero no sació mi angustia, así que decidí hacer la terapia de mi madre y solucionar mi estrés comprando en Dior. A ella le compré un bolso maravilloso (el vigésimo octavo que le compro en esta casa). Yo me hice con un par de gemelos, unas Tortoiseshel con los cristales ahumados y unos zapatos negros de piel de becerro (Simply Delightful). Al salir de la tienda mi amiga Sylvie me llamó para comer.
-       Tengo sólo cuatro horas, luego cogeré un Ave hasta Madrid. ¿Comemos juntos? – dijo rápidamente y acepté.
Sylvie trabajó de camarera en París y de actriz, donde se forjó una dialéctica exquisita. Su pasión por la cocina le hizo enamorarse de un cocinero alemán y junto a él preparaba el catering de la semana de la moda de París. Se separó de alemán porque se enamoró perdidamente del relaciones públicas de la casa Versace en la ciudad y él de ella. Poco a poco su opinión sobre la comida francesa y sus contactos le dieron la oportunidad de hablar (escribir) sobre lo que más le apasiona. Ahora es crítica de cocina para ParisMatch, Vogue France y alguna que otra revista gastronómica; ¡Ah! Y soltera.
 Nos conocimos en mi época de París por unos amigos comunes y, automáticamente caí rendido ante su estilo. Comeríamos en el Fernández, cerquita de donde debía recoger las camisas. Así que pasé por Hermes, le compré un cinturón azul a Mathew y anduve por Passeig de Graçia hasta el Palau Rover, donde había quedado con ella.

-       Peter. No te reconocía – dijo Sylvie con su gracioso acento francés cuando habla inglés e impecablemente vestida de Oscar de la Renta.
-       ¿Tan cambiado estoy?
-       No. Estás guapísimo. ¿Te has tocado la cara? – preguntó muy seria.
-       Todavía no – respondí rotundo.
-       Pues tendrás que contarme el secreto
-       Espera que lo descubra… - le dije mirando por encima de las gafas de sol y ella riendo se cogió de mi brazo.
-       Has salido a tu madre, es evidente – dijo y empezamos a andar.
-       Mi madre está retocadísima , Sylvie.
-       La mía también, y ojala se pareciera a la tuya. También tendrías que averiguar su secreto – dijo después.
-       El de mi madre es muy sencillo – dije..
-       Y ¿cuál es? – se interesó.
-       Ser lo más puta que puedas; rejuvenece muchísimo.
Tras un café cruzamos la Diagonal y entramos en el restaurante. Sylvie se presentó, el chef salió a saludar y diez minutos después de que terminara de revisar sus email, volvimos a mil novecientos noventa y ocho.

-       Ay, Peter. Tres horas como una idiota creyendo que era gay.
-       Con el ojo que tu tienes para eso – dije yo recordando momentos estelares en el front row de la pasarela de París.
-       Ya ves… Solo me pasa con los guapo – dijo pensativa. – Me fui a dormir la siesta sin confirmarle que cenaría con él. Pero empezó a llover. Y a la hora de la cena o me iba con él o con el pesado que se me pegó en el bar – dijo con cara de asco. –Tras unos minutos de conversación empezó ha hablar de mujeres y entonces me relajé. Me comí todo el marisco que pude y hasta la mañana siguiente no salimos de mi habitación.
-       Qué envidia – dije fuera de mi. – Hace tanto que nadie me tiene una noche entera bajo su dominio.
-       De una noche nada, Honey: tres días – terminó Sylvie y en ese momento decidí que tendría que resarcirme de algún modo en Florida; con o sin Mathew.
-       Pero a las mujeres os resulta más fácil hacerlo con el que os guste.
-       Te refieres a los heterosexuales, claro.
-       Of course! – dije y ambos nos reímos (lo siento pero no puedo evitar que mi fama me preceda).
-       Es que se lo montan muy mal – dijo, con la correspondiente pausa dramática que sólo los franceses tienen la capacidad de hacer. – Hoy estaba en el avión leyendo el Finalcial Times y el de al lado de me dice: Vaya, lees el ‘Finalcial’; como si estuviera prohibido ¿sabes? Entonces dice: ¿Molesto? Es evidente que sí.
-       ¿Le dijiste eso? – pregunté riendo a carcajadas.
-       No. Estoy muy bien educada. Pero bajé el periódico, lo miré y le dije que no molestaba pero que podría llegar a hacerlo si no me dejaba leer tranquila – dijo y en ese momento AMÉ conocer a la gente que conozco. – Total que no paró de hablar y decidí tener uno de esos días sociables que a veces me gusta tener, y me puse a hablar con él.
-       ¿Y?
-       Me dijo de quedar y vernos esta noche en su hotel, mientras movía la mano y el brillo del anillo de casado hacía círculos concéntricos en el aire – dijo sonriendo.
-       Y ¿qué esperabas? Está a la orden del día.
-       Ya, pero yo para eso soy muy mujer. Y él podría respetar un poco a su mujer y guardarse el anillo en el bolsillo cuando viaja – dijo muy seria; y tenía toda la razón.
Mi madre ha sido siempre muy sincera con sus maridos. “Si me canso y dejo de sentirme bien contigo me iré de tu lado” y todos se han quedado, hasta que ella decidiera marcharse o cambiarlo por otro. La mayoría no lo supera con rapidez, es cierto, e insisten durante un tiempo. Pero mi madre es incólume en esas cuestiones y su rotunda honestidad la ha llevado a tener grandes amigos dentro y fuera del matrimonio.

-       No creo en el matrimonio pero sí en la gente que se casa por amor y me jode cuando la realidad de uno dista mucho de la del otro.
-        Por eso estoy soltero.
-       Y no tengas prisa – dijo ella chocando su copa con la mía. – Estoy dispuesta a enamorarme, no me mal interpretes, pero no estoy dispuesta a aguantar mentiras sólo por miedo a estar sola. No. Yo me las apaño muy bien sola.
La dejé en un taxi rumbo al aeropuerto con la idea de quedar a su vuelta de Madrid, si yo aún no me había marchado a Florida. Y como verla me puso de buen humor conseguí que esa tarde Gucci fuera un poco más rica.

-       ¿Te has comprado algo más? – preguntó Camila.
-       Unos gemelos y unas gafas en Dior. Quiero causarle buena impresión a Mathew.
-       Pero si lo que quieres es que te desnude qué más da lo que lleves puesto – dijo con indiferencia.
-       Camila, como se nota que los regalos nunca te los han dado en un envoltorio bonito – dije sonriendo con malicia. Camila rió. Al fin y al cabo es cierto y nada de lo que tiene se lo han regalo con envoltorio; lo peor de ‘el mundo del refinamiento y los detalles’ es que carece de ambas cosas. ¿Qué hay de malo en un poco de romanticismo? – defendí.
-       Eres la persona menos romántica que conozco Peter.
-       Después de tu marido, quieres decir… - dejé caer para enfurecerla.
-       Mi marido no tiene la culpa – dijo Camila en un suspiro.- Cada día paso más horas en la agencia y los talleres que en casa.
-       No me extraña: aparte de guapo ¿tu marido es…?
-       Muy gracioso – contesto Camila aburrida. – Hoy iremos a cenar; me ha invitado. – dijo finalmente y preferí no hacer comentarios. – Al menos espero que no quiera divorciarse otra vez.
-       Puede que sólo desee pasar un poco de tiempo contigo – dije yo pero Camila ya no escuchaba.

Las parejas de hoy en día están al límite de sus posibilidades, en una época en la que monogamia y poligamia van cogidas de la mano. Parejas de tres, amantes por ambos lados de la cama, orgías, diversión… El amor ha dejado de ser parte de las novelas románticas para convertirse en una fiesta multitudinaria, y a muchos no les gusta bailar. No es mi caso. Ni el de Camila y mucho menos el de mi madre, claro está. Pensar demasiado continúa siendo el mayor problema del ser humano. Y parece que si no te lo cuestionas todo no vives acorde con lo que te rodea. A mi, y desde que recuerdo, no saber dónde puedo terminar el día me produce una emoción incontrolable que me arrastra sin remedio hacia los lugares más insospechados de mi mismo.
-       Sweety! Te recuerdo que después de millonaria en la Vegas he sido millonaria en todas partes.
-       Soy tu hijo. Qué me vas a contar… - dije pero mi madre, al igual que Camila, a veces no escucha.
-       He tratado con todo tipo de personas, lo sigo haciendo y, mientras pueda mantener el equilibrio sobre unas bonitos zapatos de tacón, mi primer estímulo será conocer hombres maravillosos.
-       Para mi también, aunque reconozco que eras más divertida cuando tu primer estímulo era el clítoris.
-       Y tú cuando eras sensible y respetuoso – dijo ella ofendida. – Tu error fue convertirte en esto que eres ahora, viviendo como un ermitaño y espiando a las personas para ver qué llevan puesto. Y ahora, después de tantos años apartado de las personas te has convertido en…
-       No sigas por ahí, Mamá – dije y se mordió la lengua. – Para mi estar solo no es una opción si no una decisión. La tuya ha sido estar siempre acompañada de un hombre, o de varios, y la mía también.
-       Si pero yo me enamoro y tú… - dijo y se quedó callada buscando la palabra adecuada para no decir un rotundo: NO.
-       Mi amor es global como el de las monjas – dije relajado. - Amo a todos los hombres por igual. Me siento casado con todos y con ninguno.
-       Se acabó. Te veo en Miami – dijo mi madre realmente enfadada.
-       Mamá. Tu obsesión por verme feliz no te deja ver que lo soy. Gracias por preocuparte y por poner en mi camino a hombres como Mathew o Jason ( por cierto ¿dónde estará? – pensé). Pero los hombres, como el dinero, se encuentran no se buscan.
Dos horas y media después, tomaba un zumo en una cafetería con la mirada perdida en algún punto del aeropuerto. No pensaba en nada en particular.
-       ¿Puedo sentarme?

La voz que preguntó no me sonaba de nada. Como, además, estoy acostumbrado a encuentros inesperados ni siquiera me sobresalté.

-       Sí. Puedes – dije apartando mi mochila y las revistas que había comprado para el viaje. – Me voy en un momento.
-       Vaya – dijo el muchacho. – Entonces tendré que darme prisa en regresar a la mesa. ¿Me cuidas esto un momento? – preguntó, refiriéndose a su bolsa, y yo sonreí de medio lado.
-       Claro – contesté, mientras se alejaba hacia la barra y su andar me invitaba a perderme durante unas horas en la inmensidad de aquella espalda. – Mamá estaría orgullosa – dije en voz alta. Me limpié los dientes con una servilleta, ordené el espacio para obligarle a sentarse frente a mi y respondí, educadamente, a todas las sonrisas que el muchacho me regalaba en la distancia.




1 comentarios:

roylaguna dijo...

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