13 septiembre, 2010

SoChic! Diario de la Ciudad Condal 27


Desde que mi madre me sacó de Murcia los aeropuertos han sido mi segunda casa. Las Vegas, Nueva York, Los Ángeles, Detroit, Chicago, México, Argentina, Brasil, Bostwana, Abu Dhabi, Bahrain, Londres, Paris, Barcelona, Miami… Pueden nombrarme un país y seguro que ya he estado en alguno de sus aeropuertos. No es que me hiciera especial ilusión irme a Miami este verano; ni siquiera el hecho de tener a Mathew, para resarcirme de todas mis horas sin sexo, era un motivo suficiente para dejar de sentir una pesadez en el estómago que me acompañó todo el viaje.
“No sé qué me pasa” – le escribí a Camila antes de que despegara el avión. “Me despierto con la sensación de tener algo pendiente por hacer, que además no he hecho, y entonces me paso el día intranquilo intentando averiguar qué es lo que me tiene inquieto. Pero termina el día y me voy a dormir con la misma insatisfacción con la que despierto cada mañana. No es la moda, no es el sexo, no es la comida, no es mi madre; ni siquiera eres tú (porque Camila siempre me ha sacado de quicio)”.
- Tienes 35 años y, según me cuentas, una vida apasionante – dijo mi compañera de viaje, quitándose las gafas de la nariz – y aún con todo sientes un vacío existencial.
- No creo que sea existencial – dije incomodo ante la insinuación de que mi vida había dejado de ser interesante para mi mismo. – Mientras Vogue siga imprimiendo sus páginas cada mes mi existencia está garantizada.
- A ver, jovencito – dijo Martina dejando sus agujas de ganchillo sobre la bolsa de tela donde guardaba las madejas de hilo. – Tu madre no te ha dejado más opción que irte de vacaciones con ella y sus amigas a Miami y además te ha buscado un amante, conocido ya por ti, pero que ha elegido ella, ¿verdad?
- Verdad – dije asombrado por su rasiocínio, imaginandome a la señora jugando al Brain Training en la consola de alguno de sus nietos.
- Pero tú te empeñas en convencerme de que tu vida es maravillosa sólo por que trabajas en moda, vives en un ático precioso en una ciudad preciosa con playa, buen tiempo y todos los hombres que se te antojen gracias al turismo – dijo ella y a mi se me hizo un nudo en la garganta. - ¿Cuál es la pieza que no encaja? – preguntó levantando la ceja izquierda. Yo no me atreví ni a contestar. – Tú ¿tal vez?
- Te perdono porque no me conoces y además vas vestida de Prada, porque si no te insultaría – dije y esa señora tan amable (con su aroma a Burberry) me pasó la mano por la cara y sentí irrefrenables ganas de llorar. Me disculpé y me fui al baño.
¿Qué  me estaba pasando? Me iba de vacaciones con mi madre y una señora que podría ser mi abuela (evidentemente, no la madre de mi madre) me hace llorar. ¿Qué era aquello? Mi vida se había convertido en una película de Disney y no me había dado cuenta. Sentí que me desvanecía.

- Pero ¿qué pasó?
- No lo sé – contesté, medio aturdido, a los gritos de Camila. – No lo sé, de verdad.
- Peter, Please! Estás en el baño y de repente te materializas en el suelo del avión con un médico y tres azafatas alrededor. Hay algo que no encaja ¿quién te sacó de allí? – preguntó, y reconozco que la pregunta me resultó curiosa pues realmente no sé lo que sucedió.
- Sólo tengo un vago recuerdo, en serio; algún brillo, sombras… No lo sé. Me desmayé, como siempre que me pongo enfermo.
- ¿Dónde estás ahora? – preguntó Camila, todavía alterada.
- En la enfermería del aeropuerto, esperando a que me digan que me puedo ir; Mathew está fuera esperándome: pobre…
- Ay Peter – dijo Camila emocionada . – Me has dado un susto – continuó, y sin pensarlo dos veces 'La Dama De Hielo' se puso a llorar. – Tú email, tu desmayo. ¿Seguro que estás bien?
- Si te refieres a este preciso momento, no. No lo estoy. Pero de resto estoy bien, créeme. ¡Si hasta ligué en le aeropuerto con un chico guapísimo!
- Entonces no es para preocuparse… - dijo ella sin poder disimular que seguía preocupada.
- Claro que no – dije yo para calmarla.
- Y ¿entonces que te pasa?
- Parece que nada grave – dije y ella suspiró. – Pero aquí no pueden hacer mucho más. En cuanto mis constantes vitales se estabilicen me dejarán marchar, aunque tendré que pasarme por un hospital durante las vacaciones – dije y ella me anunció que tenía una reunión y que me llamaría en otro momento (las cosas no cambian: yo sigo adicto al sexo y ella al trabajo).
Mathew (con pantalón corto de Kenzo, sandalias Gucci y camiseta H&M rosa, de escote generoso) entró a buscarme. El pobre no pudo dejar escapar unas lágrimas cuando me vio: “Perdona –dijo – es que he pasado un rato muy desagradable sin saber nada de ti, ahí fuera” (desde luego que debo ir a terapia. ¿Os suena Bambi? Pues últimamente causo el mismo efecto en los hombres; antes se excitaban y ahora lloran). Y mi madre. ¡¡Mi madre!!
- Gracias por llamarme – dijo llorando (Bambi, Pocahontas, El show de Oprah… ¿Os suena?). – Dale las gracias a Mathew – continuó – que el pobre lo ha pasado muy mal esperando por ti.
- Ya lo he hecho, mamá. Y deja de preocuparte.
- ¿Me prometes que estás bien?
- Mamá deja de llorar ¿quieres? – dije pero ella lloró más fuerte. ¿Qué le pasaba al planeta? ¿Por qué todo el mundo lloraba? – Me habrá sentado mal la comida o estaré incubando una gripe. Esta noche cuando lleguemos verás lo bien que estoy. ¿De acuerdo?
- De… (snif) acuer… (snif) do…

Pero la vida es diversión y no quería pasar por el bochorno de atravesar el lobby del aeropuerto en silla de ruedas. Así que, y en memoria de Za Za Gabor, decidí hacer de mi desgracia un espectáculo. Me coloqué unas gafas de sol enormes y mi bolsa de Loewe sobre las piernas. Mathew, detrás de sus Ray Ban, empujó de mi silla con sus fuertes brazos de Cowboy tejano, y su chofer cargó mis maletas. Con rumbo fijo y paso decidido, salimos de la enfermería y atravesamos el aeropuerto entre la gente; como Moisés atravesó el Mar Rojo.

El vuelo y el desmayo despertaron en mi un apetito feroz. Mathew me llevó a comer al Bouchée, una brasería francesa, con una terraza, en el centro de la ciudad. Te vendrá bien un poco de aire fresco – me dijo cuando nos bajamos del coche. Su chofer nos esperó y una hora y tres cervezas después, nos fuimos al hotel de Mathew a recoger su maleta y a descansar un poco antes de volver al aeropuerto.
- Se habla mucho de ti – dijo él evitando mi mirada.
- ¿Dónde? – pregunté sin darle importancia (mentira, me mataba la curiosidad, pero siempre actúo distante; les pone).
- En Londres... París… - dijo y se quedo callado. Luego añadió. – Bueno, supongo que ya lo sabes.
- Si, lo sé. Aunque intento mantenerme alejado del Star System, bastante tengo con mi madre – le dije yo y Mathew sonrió.
- Ha sido un detalle muy bonito la editorial de Ultrafabulous para Vogue; ya me lo ha contado. No se lo tengas en cuenta…
- Se lo ha contado a medio Manhattan, Mathew. Hablamos de mi madre: no puede tener la boca (ni las piernas) cerrada.
- ¿Estás molesto por haberla utilizado para ponerme en contacto contigo? – dijo y a mi aquella pregunta me hizo regresar a la realidad.
No es que me haya molestado, al fin y al cabo es mi madre y no ha hecho nada fuera de lo común en ella. Pero es mi madre. Vale que yo sepa su historial sexual pero ¿ella el mío? Y que además me programe vacaciones con amantes… Para estas cosas (a pesar de la madre que tengo) sigo siendo tradicional y me da mucha vergüenza.
Tras mi disertación sobre el sí o el no de agradecerle a mi madre el que estuviera camino de Miami, Mathew se volvió a sentar en la cama,  me abrazó y me beso tiernamente en la mejilla. – Yo te voy a cuidar – me dijo él al oído y yo perdí las bragas.

Cinco horas más tarde me encontraba sentado en un sofá en la terraza de Anne Miller, en Miami, con ella, mi madre, Mathew y Natasha Vuitton, tomando dry martinis. Después de explicar tres o cuatro veces de lo sucedido (entre las risas de Mathew que estallaba en carcajadas cada vez que alguna de las tres señoras sentadas delante de nosotros me hacía empezar la historia de nuevo) decidí despedirme y marcharme a dormir (ni el poder de hacerle preguntas a Natasha sobre su bisabuelo y la empresa pudieron con mi cansancio; lo dejaría para el desayuno). Ella y Anne se quedaron en la terraza y ordenaron un par de martinis más. Mathew se despidió de todos y se marchó a su casa; no sin antes prometerme desayunar con nosotros. Y mi madre y yo subimos juntos hasta mi habitación. Me quedé en calzoncillos y me metí en la cama.
- Me alegra que seamos capaces de pasar más tiempo juntos – dijo mi madre sentada a los pies de la cama. Estaba tan guapa. Su melena rubia brillante, sus ojos algo maquillados con negro para intensificar la mirada, aquella blusa de seda blanca de Chanel, la falda de Carolina Herrera, unos maravillosos zapatos de Dior. Estaba radiante.
- El principal impedimento que hemos tenido para eso – dije yo incorporándome y cogiendo su mano – ha sido que ninguno de los dos ha dejado de moverse – ella sonrió. – Y, a pesar de eso, nos vemos mucho más que lo que algunas madres desearían ver a sus hijos.
- Y es suficiente – dijo ella soltando mi mano con gesto despreciativo y comenzamos a reír. – Reconozco que me gusta llamarte, saber de ti, de tu vida, de lo que te motiva, pero vivir contigo…  - dijo tristemente. – Con los años me ha quedado claro que no he sido ni buena esposa ni …
- No way! Esto sí que no mamá – dije poniéndome de rodillas y sentándome sobre los talones.  Le cogí de nuevo la mano, estaba temblando. – No entiendo esta manía que te ha dado de sentirte víctima de todo, nunca has sido así, y no me gusta. No eres tú – dije y ella se sintió incómoda. – Me gustas tal y como eres, mamá. Todos mis amigos, mucha gente que conozco, desearían que tú fueras su madre. Así que, haznos un favor a los dos: resetéate y vuelve a activarte de nuevo en modo Dior.
- Tengo cáncer, Peter (silencio). He querido decírtelo hace tiempo pero no he sabido como.
- ¿Cuánto tiempo?
- Unos semanas – contestó. – Mathew me ayudó a traerte aquí. Fue idea suya el hacerte creer que yo te había buscando un amante y todo lo demás – dijo y yo no sabía que decir.
- ¿Es muy grave? No quiero que me mientas en esto, ¿de acuerdo, mamá? – dije y ella asintió con la cabeza.
- El Doctor Silverman dice que es muy pequeño pero no es benigno y hay que extirparlo – dijo y me miró preocupada. – Dentro de dos días me operarán para quitármelo y quería que estuvieras conmigo esos días. Por eso toda esta pantomima con Mathew y demás.
- Podrías haber sido sincera – dije y bajó la mirada. – ¿O crees que no hubiera venido a acompañarte?
- Quería tenerte delante para decírtelo, estas cosas no se dicen por teléfono, Peter; no es fácil de asimilar una cosa así…
- Ya sé que no es fácil – dije y ella comenzó a llorar.
- Pero deja de llorar, porque entonces lloraré yo también y saldremos de aquí nadando – dije y conseguí que se calmara. Sacó un pañuelo de bolsillo derecho de su falda y se secó las lágrimas. – Ya te notaba yo rara…
- ¿Tanto se me nota? – preguntó y mi cara debió decírselo todo. Ella sonrió. – No soy buena actriz.
- Eres buena productora – dije yo recostándome junto a ella.
- ¿Tu crees?
- Estoy convencido – afirmé. – Nadie sería capaz de fabricarse así mismo como lo has hecho tú, mamá. Mírate – dije y ella se puso de pie y se plantó frente al espejo. Se atusó la falda, se colocó el cuello de la blusa. Sonrió.
- Me quedará cicatriz, ¿verdad? – preguntó de pronto con expresion confundida y yo di gracias al cielo porque al final no estaba todo perdido y seguía siendo la misma.
- Seguro. Pero nada que tu cirujano plástico y la casa Dior no puedan solucionar.

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