Desde que mi madre me sacó de
Murcia los aeropuertos han sido mi segunda casa. Las Vegas, Nueva York, Los
Ángeles, Detroit, Chicago, México, Argentina, Brasil, Bostwana, Abu Dhabi,
Bahrain, Londres, Paris, Barcelona, Miami… Pueden nombrarme un país y seguro
que ya he estado en alguno de sus aeropuertos. No es que me hiciera especial
ilusión irme a Miami este verano; ni siquiera el hecho de tener a Mathew, para
resarcirme de todas mis horas sin sexo, era un motivo suficiente para dejar de
sentir una pesadez en el estómago que me acompañó todo el viaje.
“No sé qué me pasa” – le escribí
a Camila antes de que despegara el avión. “Me despierto con la sensación de
tener algo pendiente por hacer, que además no he hecho, y entonces me paso el
día intranquilo intentando averiguar qué es lo que me tiene inquieto. Pero
termina el día y me voy a dormir con la misma insatisfacción con la que
despierto cada mañana. No es la moda, no es el sexo, no es la comida, no es mi
madre; ni siquiera eres tú (porque Camila siempre me ha sacado de quicio)”.
- Tienes 35 años y, según me
cuentas, una vida apasionante – dijo mi compañera de viaje, quitándose las
gafas de la nariz – y aún con todo sientes un vacío existencial.
- No creo que sea existencial –
dije incomodo ante la insinuación de que mi vida había dejado de ser
interesante para mi mismo. – Mientras Vogue siga imprimiendo sus páginas cada
mes mi existencia está garantizada.
- A ver, jovencito – dijo Martina
dejando sus agujas de ganchillo sobre la bolsa de tela donde guardaba las
madejas de hilo. – Tu madre no te ha dejado más opción que irte de vacaciones
con ella y sus amigas a Miami y además te ha buscado un amante, conocido ya por
ti, pero que ha elegido ella, ¿verdad?
- Verdad – dije asombrado por su
rasiocínio, imaginandome a la señora jugando al Brain Training en la consola de
alguno de sus nietos.
- Pero tú te empeñas en
convencerme de que tu vida es maravillosa sólo por que trabajas en moda, vives
en un ático precioso en una ciudad preciosa con playa, buen tiempo y todos los
hombres que se te antojen gracias al turismo – dijo ella y a mi se me hizo un
nudo en la garganta. - ¿Cuál es la pieza que no encaja? – preguntó levantando
la ceja izquierda. Yo no me atreví ni a contestar. – Tú ¿tal vez?
- Te perdono porque no me conoces
y además vas vestida de Prada, porque si no te insultaría – dije y esa señora
tan amable (con su aroma a Burberry) me pasó la mano por la cara y sentí
irrefrenables ganas de llorar. Me disculpé y me fui al baño.
¿Qué me estaba pasando? Me iba de vacaciones con mi madre y una
señora que podría ser mi abuela (evidentemente, no la madre de mi madre) me
hace llorar. ¿Qué era aquello? Mi vida se había convertido en una película de
Disney y no me había dado cuenta. Sentí que me desvanecía.
- Pero ¿qué pasó?
- No lo sé – contesté, medio
aturdido, a los gritos de Camila. – No lo sé, de verdad.
- Peter,
Please! Estás en el baño y de repente te materializas en el
suelo del avión con un médico y tres azafatas alrededor. Hay algo que no encaja
¿quién te sacó de allí? – preguntó, y reconozco que la pregunta me resultó
curiosa pues realmente no sé lo que sucedió.
- Sólo tengo un vago recuerdo, en
serio; algún brillo, sombras… No lo sé. Me desmayé, como siempre que me pongo
enfermo.
- ¿Dónde estás ahora? – preguntó
Camila, todavía alterada.
- En la enfermería del
aeropuerto, esperando a que me digan que me puedo ir; Mathew está fuera
esperándome: pobre…
- Ay Peter – dijo Camila
emocionada . – Me has dado un susto – continuó, y sin pensarlo dos veces 'La Dama
De Hielo' se puso a llorar. – Tú email, tu desmayo. ¿Seguro que estás bien?
- Si te refieres a este preciso
momento, no. No lo estoy. Pero de resto estoy bien, créeme. ¡Si hasta ligué en
le aeropuerto con un chico guapísimo!
- Entonces no es para preocuparse…
- dijo ella sin poder disimular que seguía preocupada.
- Claro que no – dije yo para
calmarla.
- Y ¿entonces que te pasa?
- Parece que nada grave – dije y
ella suspiró. – Pero aquí no pueden hacer mucho más. En cuanto mis constantes
vitales se estabilicen me dejarán marchar, aunque tendré que pasarme por un
hospital durante las vacaciones – dije y ella me anunció que tenía una reunión
y que me llamaría en otro momento (las cosas no cambian: yo sigo adicto al sexo
y ella al trabajo).
Mathew (con pantalón corto de
Kenzo, sandalias Gucci y camiseta H&M rosa, de escote generoso) entró a
buscarme. El pobre no pudo dejar escapar unas lágrimas cuando me vio: “Perdona
–dijo – es que he pasado un rato muy desagradable sin saber nada de ti, ahí
fuera” (desde luego que debo ir a terapia. ¿Os suena Bambi? Pues últimamente
causo el mismo efecto en los hombres; antes se excitaban y ahora lloran). Y mi
madre. ¡¡Mi madre!!
- Gracias por llamarme – dijo
llorando (Bambi, Pocahontas, El show de Oprah… ¿Os suena?). – Dale las gracias
a Mathew – continuó – que el pobre lo ha pasado muy mal esperando por ti.
- Ya lo he hecho, mamá. Y deja de
preocuparte.
- ¿Me prometes que estás bien?
- Mamá deja de llorar ¿quieres? –
dije pero ella lloró más fuerte. ¿Qué le pasaba al planeta? ¿Por qué todo el
mundo lloraba? – Me habrá sentado mal la comida o estaré incubando una gripe.
Esta noche cuando lleguemos verás lo bien que estoy. ¿De acuerdo?
- De… (snif) acuer… (snif) do…
Pero la vida es diversión y no
quería pasar por el bochorno de atravesar el lobby del aeropuerto en silla de
ruedas. Así que, y en memoria de Za Za Gabor, decidí hacer de mi desgracia un
espectáculo. Me coloqué unas gafas de sol enormes y mi bolsa de Loewe sobre las
piernas. Mathew, detrás de sus Ray Ban, empujó de mi silla con sus fuertes
brazos de Cowboy tejano, y su chofer cargó mis maletas. Con rumbo fijo y paso
decidido, salimos de la enfermería y atravesamos el aeropuerto entre la gente;
como Moisés atravesó el Mar Rojo.
El vuelo y el desmayo despertaron
en mi un apetito feroz. Mathew me llevó a comer al Bouchée, una brasería
francesa, con una terraza, en el centro de la ciudad. Te vendrá bien un poco de
aire fresco – me dijo cuando nos bajamos del coche. Su chofer nos esperó y una
hora y tres cervezas después, nos fuimos al hotel de Mathew a recoger su maleta
y a descansar un poco antes de volver al aeropuerto.
- Se habla mucho de ti – dijo él
evitando mi mirada.
- ¿Dónde? – pregunté sin darle
importancia (mentira, me mataba la curiosidad, pero siempre actúo distante; les
pone).
- En Londres... París… - dijo y
se quedo callado. Luego añadió. – Bueno, supongo que ya lo sabes.
- Si, lo sé. Aunque intento
mantenerme alejado del Star System, bastante tengo con mi madre – le dije yo y
Mathew sonrió.
- Ha sido un detalle muy bonito
la editorial de Ultrafabulous para
Vogue; ya me lo ha contado. No se lo tengas en cuenta…
- Se lo ha contado a medio
Manhattan, Mathew. Hablamos de mi madre: no puede tener la boca (ni las
piernas) cerrada.
- ¿Estás molesto por haberla
utilizado para ponerme en contacto contigo? – dijo y a mi aquella pregunta me
hizo regresar a la realidad.
No es que me haya molestado, al
fin y al cabo es mi madre y no ha hecho nada fuera de lo común en ella. Pero es
mi madre. Vale que yo sepa su historial sexual pero ¿ella el mío? Y que además
me programe vacaciones con amantes… Para estas cosas (a pesar de la madre que
tengo) sigo siendo tradicional y me da mucha vergüenza.
Tras mi disertación sobre el sí o
el no de agradecerle a mi madre el que estuviera camino de Miami, Mathew se
volvió a sentar en la cama, me
abrazó y me beso tiernamente en la mejilla. – Yo te voy a cuidar – me dijo él
al oído y yo perdí las bragas.
Cinco horas más tarde me
encontraba sentado en un sofá en la terraza de Anne Miller, en Miami, con ella,
mi madre, Mathew y Natasha Vuitton, tomando dry martinis. Después de explicar
tres o cuatro veces de lo sucedido (entre las risas de Mathew que estallaba en
carcajadas cada vez que alguna de las tres señoras sentadas delante de nosotros
me hacía empezar la historia de nuevo) decidí despedirme y marcharme a dormir
(ni el poder de hacerle preguntas a Natasha sobre su bisabuelo y la empresa
pudieron con mi cansancio; lo dejaría para el desayuno). Ella y Anne se quedaron
en la terraza y ordenaron un par de martinis más. Mathew se despidió de todos y
se marchó a su casa; no sin antes prometerme desayunar con nosotros. Y mi madre
y yo subimos juntos hasta mi habitación. Me quedé en calzoncillos y me metí en
la cama.
- Me alegra que seamos capaces de
pasar más tiempo juntos – dijo mi madre sentada a los pies de la cama. Estaba
tan guapa. Su melena rubia brillante, sus ojos algo maquillados con negro para
intensificar la mirada, aquella blusa de seda blanca de Chanel, la falda de
Carolina Herrera, unos maravillosos zapatos de Dior. Estaba radiante.
- El principal impedimento que
hemos tenido para eso – dije yo incorporándome y cogiendo su mano – ha sido que
ninguno de los dos ha dejado de moverse – ella sonrió. – Y, a pesar de eso, nos
vemos mucho más que lo que algunas madres desearían ver a sus hijos.
- Y es suficiente – dijo ella
soltando mi mano con gesto despreciativo y comenzamos a reír. – Reconozco que
me gusta llamarte, saber de ti, de tu vida, de lo que te motiva, pero vivir
contigo… - dijo tristemente. – Con
los años me ha quedado claro que no he sido ni buena esposa ni …
- No way! Esto sí que no mamá – dije poniéndome de rodillas y
sentándome sobre los talones. Le
cogí de nuevo la mano, estaba temblando. – No entiendo esta manía que te ha
dado de sentirte víctima de todo, nunca has sido así, y no me gusta. No eres tú
– dije y ella se sintió incómoda. – Me gustas tal y como eres, mamá. Todos mis
amigos, mucha gente que conozco, desearían que tú fueras su madre. Así que,
haznos un favor a los dos: resetéate y vuelve a activarte de nuevo en modo
Dior.
- Tengo cáncer, Peter (silencio).
He querido decírtelo hace tiempo pero no he sabido como.
- ¿Cuánto tiempo?
- Unos semanas – contestó. –
Mathew me ayudó a traerte aquí. Fue idea suya el hacerte creer que yo te había
buscando un amante y todo lo demás – dijo y yo no sabía que decir.
- ¿Es muy grave? No quiero que me
mientas en esto, ¿de acuerdo, mamá? – dije y ella asintió con la cabeza.
- El Doctor Silverman dice que es
muy pequeño pero no es benigno y hay que extirparlo – dijo y me miró
preocupada. – Dentro de dos días me operarán para quitármelo y quería que
estuvieras conmigo esos días. Por eso toda esta pantomima con Mathew y demás.
- Podrías haber sido sincera –
dije y bajó la mirada. – ¿O crees que no hubiera venido a acompañarte?
- Quería tenerte delante para
decírtelo, estas cosas no se dicen por teléfono, Peter; no es fácil de asimilar
una cosa así…
- Ya sé que no es fácil – dije y
ella comenzó a llorar.
- Pero deja de llorar, porque
entonces lloraré yo también y saldremos de aquí nadando – dije y conseguí que
se calmara. Sacó un pañuelo de bolsillo derecho de su falda y se secó las
lágrimas. – Ya te notaba yo rara…
- ¿Tanto se me nota? – preguntó y
mi cara debió decírselo todo. Ella sonrió. – No soy buena actriz.
- Eres buena productora – dije yo
recostándome junto a ella.
- ¿Tu crees?
- Estoy convencido – afirmé. –
Nadie sería capaz de fabricarse así mismo como lo has hecho tú, mamá. Mírate –
dije y ella se puso de pie y se plantó frente al espejo. Se atusó la falda, se
colocó el cuello de la blusa. Sonrió.
- Me quedará cicatriz, ¿verdad? –
preguntó de pronto con expresion confundida y yo di gracias al cielo porque al
final no estaba todo perdido y seguía siendo la misma.
- Seguro. Pero nada que tu
cirujano plástico y la casa Dior no puedan solucionar.
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